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Milei el émulo de la catástrofe

Por Claudio Leveroni

“La catástrofe o yo”, es el indisimulable mensaje que el presidente Javier Milei transmite cada vez que asoma con su imagen y palabra ante el resto de los argentinos. No es una interpretación antojadiza de quien escribe éstas líneas, es un registro literal de sus propios dichos.

Anoche repitió varias veces la palabra catástrofe, la emparentó con cualquier rechazo hacia su Decreto de Necesidad y Urgencia acompañado de una ley que, en tono amistoso, la oposición bautizó como ómnibus. En ese marco de contenido el presidente ratificó que atravesaremos un año a puro sacrificio. Nada nuevo, suele reiterar que el horizonte de bienestar más cercano para los argentinos se encuentra a muchos años de distancia.

Insiste con lanzar pesadumbre, parece hacerlo en la creencia que eso le otorga cierto manto mesiánico. En realidad poco tiene de mística y mucho de un insalubre modo de ejercer la conducción política. Puertas adentro su estilo tampoco resulta cautivante. Por el contrario, aleja a muchos, incluso hasta quienes están cerca de sus teorías ultraliberales. No logra completar los casilleros en áreas sensibles. Tuvo rechazos varios, acumula renuncias en sus pocos días de gobierno, y mascullando bronca le tuvo que pedir a no pocos funcionarios de la gestión anterior que se queden unos días más hasta encontrar voluntarios que los reemplacen.

Argentina tuvo mayores crisis en comparación con la de estos días. No hay que alejarse tanto en el tiempo. En el 2001 hubo 5 presidentes en 11 días, el país estaba jaqueado por corporaciones financieras internacionales con el FMI a la cabeza. Los problemas eran mucho más graves que la inflación. Es bueno recordar los datos de aquellos tiempos donde hubo deflación en tres años consecutivos: 1999/2000 y 2001. En el 2002, tras la caída de la convertibilidad (1 dólar = 1 peso), la inflación fue del 40,9% . En 2003 Néstor Kirchner la bajó al 3,7% anual.

El santacruceño heredó un país quebrado y con un brutal descreimiento en la política que hizo del “que se vayan todos” un canto de rebeldía en cada manifestación. Argentina estaba en cesación de pagos con una deuda cercana a los USD 150.000 millones (el 90% en dólares) y un desempleo del 20%. Casi todas las provincias estaban en bancarrota sin poder pagar sueldos, 16 de ellas generaron moneda propia (cuasi monedas). Los servicios públicos que habían sido entregados durante los años noventa a concesiones privadas presentaban groseras deficiencias y un muy mal servicio. Los niveles de inseguridad eran alarmantes, los jubilados cobraban una mínima muy por debajo de los niveles de pobreza.

Kirchner se puso firme con el poder real. Por el contrario, hizo concesiones para aliviar el mal pasar de los sectores más empobrecidos de nuestra sociedad. Incrementó en más del 1.400% la jubilación mínima. Desde 2003 a 2007 el país registró una fase de crecimiento económico con tasas que oscilaron en torno al 9%.​ Las reservas internacionales pasaron de U$S 14.000 millones en 2003 a más de U$S 47.000 millones en 2007. El salario mínimo que era en 2003 de $360 se elevó a $1.240 en 2007 (en ese período la inflación acumulado de los 4 años no llegó al 32%).

Entre 2003 y 2007, la industria argentina creció a un promedio anual del 10,3% y los bancos recuperaron en los primeros dos años el 48% de los depósitos que habían perdido. Desde el 2003 se inició un proceso de recuperación de empresas privatizadas que presentaban servicios muy deficientes. La primera fue Correo Argentino que estaba en manos de Socma (Macri). Siguieron Aguas Argentinas, Aerolíneas, e YPF, todas sociedades anónimas que pasaron a tener al Estado argentino como principal accionista.​

Kirchner, heredero la peor catástrofe en la historia argentina, se destacó por su perseverante optimismo desparramado en cada acción pública que encaró en aquellos difíciles años. Lejos de jaquear con temerarias proyecciones quería que lo recuerden con piedad por sus errores, con comprensión por sus debilidades, y con cariño por sus virtudes. “Si no es así, prefiero el olvido, que será el más duro castigo por no cumplir mi deber de hombre”supo decir en uno de sus mensajes sin desparramar temores ni presagiar catástrofes.

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