La historia argentina habla por si sola. Explica con absoluta claridad, a quien la quiera entender, la puja que siempre existió entre quienes buscan sostener el modelo de país que proponen poderes concentrados y el de quienes intentan interpretar a las grandes mayorías.
En ese recorrido histórico argentino hay varios capítulos que son altamente clarificadores, ponen en blanco y negro tanto los intereses de cada sector como los mecanismo que son capaces de utilizar para acceder al manejo institucional del poder. Por ejemplo, los golpes de Estado del siglo veinte representan una de esas postales esclarecedoras. Siempre fueron una herramienta utilizada con extrema violencia por un mismo sector. Lo hizo mostrándose como esclarecido e intelectualmente preparado para contener el avance de las mayorías que reclaman mejoras en su calidad de vida.
Aquella modalidad golpista quedó en desuso en este nuevo siglo. Los avances tecnológicos, las nuevas formas y concentración del poder mediático, la degradación de la política como herramienta transformadora, entre otras variantes, abrieron nuevas grietas culturales por donde se filtran formas que apuntalan el direccionamiento del pensamiento mayoritario. Un objetivo que, a la vista está, ha tenido resultados favorables. Durante los años de la centuria pasada nunca pudieron acceder al poder por voto mayoritario. Algo que han logrado en este nuevo siglo.
Bajo este contexto la prisión de Cristina Fernández representa una postal de época. Lo es tanto como la elección democrática de un presidente con las particulares características de Javier Milei. La ex mandataria lleva un año detenida por una causa más política que judicial. Un andamiaje tribunalicio que se movilizó al compas de uno de los intereses en pugna. No se encuentra detenida por un delito, sino por representar intereses ajenos a los actualmente dominantes. La nutrida movilización en Parque Lezama asoma como una reacción que amenaza con tomar mayor fuerza.


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