Por Claudio Leveroni

Ciertos días de verano invitan a pensar con mayor elasticidad hacia nuevas fronteras a veces definidas con pomposidad como un tiempo propicio para el ocio creativo. Son momentos de observaciones y pensamientos no frecuentes en otras épocas del año generalmente devoradas por la celeridad del trajín cotidiano.

Aunque escribir y lucubrar razonamientos es la tarea que envuelve a este escriba, no soy la excepción a la regla general. A la luz del sol más caliente del año se potencian los disparates, entremezclados con proyectos de destino incierto, algunas tareas prácticas pendientes de entre casa y observaciones del diario vivir que toman relevancia ante la irrelevante pasividad de las horas. Bajo este esquema de temporada surgen ciertos estímulos tan inesperados como repentinos.

La pequeña pared de la cocina necesitaba una mano de pintura. Con rodillo prestado y un sobrante de látex blanco sigilosamente guardado para utilizar en una ocasión como ésta, atendí un tema pendiente antes que se torne en molesta obsesión. El llamado del celular desacomodó el prolijo andar de la huella marcada desde el rodillo con obsesión de principiante. “Quiere vivir en un barrio privado?, esta es su oportunidad…”, lanzó una voz chillona de cadencia sinfónica estridente en lo que fue el inicio de una proclama publicitaria que anulé de inmediato para no perder concentración en la tarea que me había encomendado.

La huella de pintura comenzó a perder el rumbo que mis manos pretendían darle. No fue culpa del cansancio, tampoco falta de habilidad para una sencilla labor que no requería de dotes extraordinarios para ser bien concretada. Más bien hubo fragilidad de concentración. Mis pensamientos huyeron detrás de aquella voz chillona que interrumpió mi romance ocasional con la pintura y mi cocina.

Ese tipo de mensajes, esa publicidad en su concepción por sus características parecía fuera de época, o al menos del espacio comunicacional indicado. Vencida mi voluntad de continuar dejé el rodillo para dar paso a la necesidad de alimentar algunas inquietantes curiosidades que surgieron como una verdadera avalancha de preguntas.

En la construcción cultural que nos fueron sembrando los barrios privados están reservados a sectores con cierto poder económico. No es solo por el valor de la adquisición, también por el costo que representa vivir ahí. Se encuentran, en su gran mayoría, fuera de los cascos céntricos como la Capital Federal. Movilizarse requiere de una inversión importante.

A la nafta, el peaje, la cantidad de autos por familia necesarios y expensas a pagar, hay que sumar también el acomodarse a las circunstancias sociales del lugar, sus usos y costumbres. Vivir en un barrio privado suele tener como correlato el envío de los hijos a escuelas privadas, y aceptar un sinfín de consumos cotidianos que se van incorporando como costumbre para no quedar desacoplados del conjunto del hábitat que rodean esos emprendimientos.

Los recién llegados van acoplándose a nuevas situaciones que buscan remarcar los adquiridos beneficios de la distancia entre el adentro y el afuera. Las bicicletas dejadas como si hubiesen sido arrojadas sin importar su valor, junto a otros elementos que serían presa fácil de los amigos de lo ajeno en el afuera, es una postal que apunta a mostrar la ventaja de estar adentro. Es tan solo un ejemplo, hay otros que están más ligados a lo cultural que van forjando grietas en las tradiciones y valores propios. En ese adentro también se festeja como una fiesta propia Halloween y se revisan los baúles de los autos de los invitados. Situaciones que no se darían en el afuera, ni siquiera en los barrios más bacanes del AMBA.

El crecimiento de barrios privados en el país ha sido extraordinario. En 2011 había 700 donde vivían casi 300.000 personas. En la actualidad hay más de 1.200, es decir que se inauguraron 50 cada año durante la última década. Un verdadero festival inmobiliario.

Un informe de la Agencia de Recaudación de la Provincia de Buenos Aires (ARBA) de un año atrás, dio cuenta de los 1.000 que existen en la provincia de Buenos Aires. 568 están registrados formalmente, hay 73 que tributan bajo el rótulo de “tierra en desarrollo” y 300 no están registrados ni tributan, es decir fiscalmente no existen. Una situación que genera la pérdida de $ 1.500 millones al año en recaudación según el informe del organismo oficial.

Pese a estos números desafortunados para la recaudación de la Provincia de Buenos Aires, unos pocos municipios dejaron de ser pobres y pasaron a la categoría de prósperos gracias a la multiplicación de los barrios privados. Tigre y Pilar son dos de esos pocos ejemplos, posiblemente los únicos. Un dato que refleja la magnitud es observar que Tigre tiene ocupado el 40% de su geografía con estas comunidades.

Fuera de estos registros y volviendo a lo que representa la movida socio cultural tras el surgimiento de estos centros habitacionales VIP, se percibe en la actualidad la existencia de una nueva corrida cultural. Los barrios privados se multiplicaron en nuestro país bajo el paraguas de la inseguridad y violencia urbana. A partir de ese estímulo, y ya instalados como tal, fueron surgiendo otros más inclinados principalmente a la constitución del tejido social y del proceso de segregación social urbana que está implícito en su desarrollo.

Un sector cada vez más amplio de la clase media busca acceder, y en muchos casos lo hace dado el índice de crecimiento que viene sosteniendo estas barriadas, a la vida en una comunidad privada. Lo hacen llegando con lo justo, sobreviven en lo que parece representar el punto más alto de su aspiración social.

Como contracara hay otros sectores, mucho más minoritarios y con mayor poder adquisitivo, que comenzaron a alejarse de la incursión masiva y convivencia barrial con un sector con el que no comparte pertenencia ni origen.

Los tradicionales barrios del bajo de San Isidro, Vicente López, San Fernando o los cinco más exclusivos de la Ciudad de Buenos Aires ya son lo suficientemente seguros para regresar y mantenerse entre iguales. Posiblemente las continuas excepciones o rezonificaciones urbanísticas que Larreta impone en CABA respondan a este nuevo criterio cultural.

Puerto Madero extenderá sus tentáculos hacia el norte y sur de la ciudad. Al norte con edificios que se construirán en Costa Salguero, a un lado de aeroparque, cuyo valor por metro cuadrado promete ser el más alto de la geografía porteña. Al sur con un barrio de torres con amarraderas náuticas propias teniendo a la reserva ecológica y la tentadora vista del Río de la Plata como escenografía dominante.

Las condiciones en los barrios más cotizados de la zona norte del Gran Buenos Aires han evolucionado notablemente en comparación con décadas atrás. Los municipios han invertido en cámaras de seguridad, personal policial propio que se agregan a la seguridad privada que reina por abundancia en las zonas más exclusivas. Para este sector, el más acaudalado de nuestra sociedad, la mudanza a la artificialidad de los barrios privados parece haber sido una planificación circunstancial hasta poner sus moradas originales a resguardo de la inseguridad.