Los medios masivos de comunicación, en especial las señales televisivas, han mostrado una llamativa distracción sobre la reacción de un sector de nuestra sociedad que, en distintas regiones del país, protagonizó un cacerolazo luego de escuchar en la noche del miércoles el discurso del presidente Javier Milei.

La protesta fue creciendo en volumen de gente reunida en forma espontánea. En la Ciudad de Buenos Aires muchos porteños marcharon hacia el Congreso nacional. Se mantuvieron hasta la madrugada en la plaza de los dos Congresos. Hubo situaciones similares en ciudades de todo el país. La queja no tuvo visibilidad inmediata en las señales televisivas con la excepción de Crónica TV y C5N que, con matices de opinión distintos, estuvieron atentos cubriendo el desarrollo de las manifestaciones. Recién al día siguiente (jueves) el resto de las señales dieron cuenta de la masiva queja.

La observación sobre esta manipulación informativa, ocultando la realidad, desnuda los intereses que dominan a los grupos empresarios que son dueños de las distintas señales. Es sabido que los medios de comunicación no representan un gran negocio en si mismo. Lo son por lo que representan e influyen de la opinión pública. En la medida que pueden construyen sus propias realidades y encolumnan a miles de televidentes hacia esa visión. Reniegan de los principios básicos del ejercicio del periodismo.