Por Claudio Leveroni

Este domingo termina el mundial de fútbol, esperemos que sea de la mejor forma para el seleccionado argentino. Lo digo pensando en nuestra gente, especialmente por los más pibes, por esos que transitan esa magnífica etapa de la vida donde lo mágico se hace realidad, los sueños no tienen límites y la imaginación es un barrilete que vuela sin tropezarse con malos vientos.

Lo digo también pensando en la imagen que se viralizó en estos últimos días y acompaña estas líneas. Se multiplicó en las redes sociales. Una foto anónima de un pibe mirando en un lugar público y en una pantalla gigante el último partido de nuestra selección. Tiene puesto una remera blanca. Dos carteles improvisados, escritos con fibra negra, cuelgan en su espalda. Uno lleva el número 10, el otro el nombre de Messi.

Confieso que esa imagen me resultó impactante. Se instaló en mí como una poderosa postal que representa el poder de la inocencia infantil y los sueños que perseguimos a lo largo de toda nuestra vida. Expresa mucho más que el deseo de un pibe por tener una camiseta argentina formal con el nombre escrito de nuestro jugador emblema. La fotografía irradia una proyección cuya fortaleza supera la cuestión material de la casaca oficial.

Allí, parado frente al televisor, hay un hombre en formación que busca un país capaz de contenerlo y alentarlo a superar los obstáculos que la vida le pondrá por delante. Por un momento, mirando esa foto, también yo me puse a soñar. Me imaginé siendo Messi, buscando al pibe para pedirle esa camiseta improvisada, enmarcarla y dejarla siempre en un lugar de privilegio de mi casa.