De Perón a Lumumba

Por José «Pepe» Armaleo

A simple vista, Perón y Lumumba pertenecen a historias diferentes. Sin embargo, ambos comprendieron que no existe independencia política sin soberanía económica. Hoy, cuando la inteligencia artificial y la robotización transforman el trabajo y las nuevas formas de dependencia reemplazan al viejo colonialismo, aquella discusión vuelve a interpelarnos con una pregunta todavía más profunda: ¿qué lugar ocupará el hombre en el siglo XXI?

Hay fechas que invitan a detenerse y pensar. Para mí, el 1° de julio, aniversario de la muerte de Perón, y el 2 de julio, nacimiento de Patrice Lumumba, forman una de esas extrañas coincidencias del calendario. Dos hombres, dos continentes y dos historias distintas, unidos por una misma convicción: un pueblo sólo es verdaderamente libre cuando puede decidir sobre su propio destino.
Perón apostó por una Argentina industrial, capaz de producir, generar trabajo y desarrollar ciencia y tecnología. Lumumba comprendió que la independencia del Congo carecía de sentido si sus riquezas continuaban en manos ajenas. Ambos entendieron que la soberanía política sólo podía sostenerse sobre una verdadera independencia económica.

Pienso en ello cuando observo el presente. La desindustrialización, el debilitamiento de capacidades estratégicas y el deterioro de instituciones como la Comisión Nacional de Energía Atómica no son únicamente problemas económicos. Expresan una forma de renunciar a construir conocimiento propio y, con él, capacidad de decisión. Me preocupa, además, la escasa reacción frente a este proceso. Escucho voces aisladas en el Congreso, pero echo de menos una convocatoria amplia y sin sectarismos político, que coloque nuevamente el desarrollo nacional en el centro del debate público.

Sin embargo, tampoco podemos mirar el futuro con los ojos del siglo pasado. El mundo ya cambió. La robotización, la inteligencia artificial y la automatización están transformando la producción, el empleo y hasta la organización de nuestras sociedades. Sería absurdo negar ese cambio o pretender detenerlo.

Pero precisamente allí aparece la pregunta más importante. Si las nuevas tecnologías reemplazan millones de puestos de trabajo —aunque también creen otros—, ¿qué ocurrirá con quienes queden desplazados? Y si disminuye el empleo formal, ¿cómo sostendremos sistemas previsionales construidos sobre el aporte de los trabajadores formales? Durante décadas organizamos nuestras sociedades alrededor del trabajo. ¿Cómo organizaremos la sociedad cuando el trabajo deje de ocupar el lugar que conocimos?

Retomo deliberadamente una idea desarrollada por el papa Francisco y que León XIV ha comenzado a profundizar: la necesidad de construir una sociedad donde nadie resulte descartable. Esa preocupación dialoga, a su manera, con una vieja convicción del primer peronismo: el trabajo no sólo genera riqueza; dignifica al hombre, lo integra a la comunidad y le otorga un proyecto de vida. Si el progreso tecnológico destruye esa dimensión sin ofrecer una alternativa superadora, estaremos frente a un problema mucho más político y humano que tecnológico.

Cada época tiene su forma de colonialismo. Ayer fueron los ejércitos, las materias primas y las fábricas (y eso no significa que esas formas de dominación hayan desaparecido). Hoy son también los datos, los algoritmos, la inteligencia artificial, la energía y el conocimiento. Cambian los instrumentos, cambian los discursos y cambian las tecnologías. Muchas veces siento que sólo cambiamos de collar, pero el perro sigue siendo el mismo.

El gran desafío del siglo XXI no será elegir entre industria o inteligencia artificial. Será decidir si la industrialización ese formidable avance tecnológico estarán al servicio de las personas, de los pueblos y de la vida, o si terminará consolidando nuevas formas de dependencia y exclusión. El verdadero progreso no consiste en producir más con menos trabajadores, ni en crecer a costa de la degradación del ambiente. Consiste en construir una comunidad donde el desarrollo científico, tecnológico y económico conviva con la justicia social, la soberanía nacional y el cuidado de nuestra casa común.

Retomo deliberadamente una idea del papa Francisco, que León XIV ha comenzado a profundizar: debemos construir una sociedad donde nadie resulte descartable. Ellos también entendieron que no puede ser descartada la naturaleza. La Pachamama —la Madre Tierra de los pueblos originarios— no es un recurso infinito para explotar, sino el hogar que compartimos y que tenemos la obligación de preservar. No es sólo un imperativo ético; es también un mandato de nuestra Constitución Nacional que, en su artículo 41, reconoce el derecho a un ambiente sano y nos impone el deber de preservarlo para las generaciones presentes y futuras. Tal vez allí resida, finalmente, una nueva definición de soberanía.

«La historia no se borra, la memoria no se clausura, la justicia no se negocia, la soberanía no se entrega y la apatía es la derrota que ningún pueblo puede permitirse.»

José “Pepe” Armaleo – Militante, abogado, magíster en Derechos Humanos, integrante del Centro de estudio de la realidad social y política argentina Arturo Sampay y de Primero Vicente López.

1 Comentario

  1. Mario Sanchez Cimetti

    Se necesita ademas un proyecto politico que se oponga a este proceso. Los dirigentes tendran que saber que esta en juego el destino comun que esta antes que el personal. De otra manera ellos no estaran a la cabeza.

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