Por Felipe Efele

El desprecio de clase asoma como argumento en el oficialismo de la Ciudad de Buenos Aires para justificar el vallado y posterior represión que desplegó la policía local en la Recoleta. Lo expresan públicamente sin ruborizarse los principales funcionarios de la gestión que comanda Larreta. Sostienen la defensa estética de un lugar reconocido por ser una zona donde vive y consume un sector social de buen poder adquisitivo.

“Hoy secuestramos seis parripollos, vamos a defender el espacio público”, comentó inflando el pecho de orgullo Jorge Macri en TN ante el vocero del canal, quién le pedía detalles del operativo como si hubieran desbaratado una organización criminal.

La mirada sesgada del gobierno porteño no solo apunta a la cuestión estética. Larreta está empecinado en mantener una confrontación personal con Cristina Fernández que lo eleve en el debate político y le permita mejorar su posicionamiento como candidato presidencial dentro de Juntos por el Cambio.  “Señora vicepresidenta es hora que se ocupe de resolver sus problemas personales sola”, disparó este martes rogando que exista una devolución de Cristina a semejante argumentación.

Con pobreza supina Larreta refiere al tema judicial como si fuese el centro del conflicto. Otra forma de desprecio, aunque en este caso desnudando limitaciones intelectuales que impiden un debate más honesto que haga eje sobre los intereses y valores que están en disputa. No es un fallo judicial lo que está en juego, mucho menos la ocasional utilización del espacio público.

El peronismo tiene en su ADN muy incorporado la defensa de sus líderes. Perón sufrió el exilio 17 años, su nombre fue censurado por decreto de la dictadura que lo derrocó en 1955. Tuvo un regreso frustrado en diciembre de 1964 cuando el avión que lo traía lo dejó en Río de Janeiro. La amenaza del poder militar al gobierno de Arturo Illia derivó en su pedido a la dictadura que gobernaba Brasil para que detenga a Perón en el aeropuerto y lo devuelva a Madrid. El líder del Justicialismo debió esperar ocho años más para su regreso definitivo. En 1972, la militancia se instaló en vigilia y custodia en la puerta de la casa de Gaspar Campos, en un barrio acomodado de Vicente López (foto), donde se alojó el General.