El final de la llamada década infame, iniciada en 1930 con el golpe que instaló en Casa Rosada al general Felix Uriburu desplazando a Hipólito Yrigoyen, se derrumbó a mediado de 1943. Fue un largo período de 13 años quedaba atrás marcado por el fraude electoral, la concentración de poder en pocas familias y altos niveles de corrupción. Ese año debían realizarse elecciones para elegir nuevo presidente en reemplazo del catamarqueño Ramón Castillo. Se descontaba otro nuevo fraude electoral que dejaría la presidencia en manos del empresario azucarero salteño Robustiano Patrón Costas.

Mientras los años de fraude transcurrían hubo sectores civiles y también militares que desplegaban sus propias estrategias para derrocar al régimen. Entre ellos estaban los intelectuales reunidos en FORJA con raíces en el radicalismo yrigoyenista; y una segunda línea de militares que formaron el Grupo de Oficiales Unidos (GOU), una sociedad secreta constituida el 10 de marzo de 1943.

Bajo un clima de apatía general y con la segunda guerra mundial llegando a su fin, el 4 de junio de ese año se produjo un levantamiento militar que terminó desplazando a Castillo del gobierno nacional.

Perón participó de aquella Revolución militar. Tenía el grado de Coronel y formaba parte del grupo de oficiales organizados en el GOU que sostenía un pensamiento nacionalista y de recuperación ética. En el nuevo gobierno Perón ocupó cargos menores. En octubre de 1943, solicitó desempeñarse en el Departamento Nacional del Trabajo, un modesto organismo dedicado a los asuntos laborales y sindicales.

Desde este lugar inició contactos con la clase trabajadora argentina, adentrándose en sus problemas y necesidades. Convirtió al modesto organismo en Secretaría de Trabajo y Previsión, amplió sus facultades y asumió su nueva titularidad el 10 de diciembre de 1943.

Fueron meses de permanentes cambios en la organización del gobierno. En menos de dos años se sucedieron tres presidentes, los generales Arturo Rawson, Pedro Ramírez y Edelmiro J. Farrell. El propio Perón sería parte de esos vertiginosos cambios ocupando simultáneamente la Secretaría de Trabajo y Previsión, la Vicepresidencia, y el Ministerio de Guerra entre julio de 1944 y octubre de 1945.

La extraordinaria relación de Perón con los trabajadores más su visión estratégica del desarrollo nacional lo instaló como el hombre de la época. Su interlocución privilegiada con el movimiento obrero no pasó desapercibida para el pueblo trabajador, tampoco para quienes veían en este coronel un enemigo de los intereses propios.

El 8 de octubre fuerzas militares de Campo de Mayo al mando del general Eduardo Ávalos exigieron la renuncia y detención de Perón, algo que ocurrió al día siguiente cuando dejó todos los cargos que ocupaba. El presidente Edelmiro Farrell le había soltado la mano.

Perón reconocería años más tarde que sintió una profunda decepción en esos días. Su ánimo se compensó con la visita de numerosos gremialistas que lo instaban a desafiar las presiones que recibía. Aquellos encuentros se daban en medio de manifestaciones de apoyo de miles de trabajadores que se congregaban frente a su departamento ubicado en la calle Posadas. Le pedían que utilice las fuerzas propias y leales que mantenía dentro del Ejército para resistir la determinación de alejarlo de los cargos que ocupaba. Perón no quiso cargar de violencia el momento.

Perón describió aquellas jornadas señalando: “como la afluencia de jefes y oficiales a casa seguía en aumento alarmante, como asimismo las legiones de trabajadores traían verdaderas invasiones a mi pequeño departamento, resolví el 11 de octubre tomarme unos días de descanso en el Tigre, en la isla de un amigo”.

Perón contaría que salió de su casa el 11 de octubre a la tarde, pasó la noche en Florida, en casa de un amigo, y a la mañana siguiente se subió a una lancha particular que lo traslado al Delta para descansar varios días, ya que se encontraba físicamente muy agotado por el trajín intenso de aquellas jornadas. Le encargó al teniente coronel Mercante que fuera al Ministerio de Guerra y le dijera al ministro que lo había reemplazado, que si lo necesitaba estaba en la isla pronto a concurrir donde fuera. No deseaba que se supiera públicamente donde quedaba el lugar porque anhelaba estar tranquilo con su compañera Evita

Perón no pudo pasar un día completo en esa isla. Esa misma noche, a la una de la madrugada llegó al lugar el coronel Aristóbulo Mittelbach, jefe de Policía, quien en nombre del presidente le comunicó que debía trasladarlo a un barco de guerra.

Perón le respondió al coronel Mittelbach que no esperaba semejante agravio. Le pidió que le dijera al presidente que no deseaba ser sacado de su jurisdicción o, en todo caso que se lo acusara de algún delito como funcionario, ya que prefería ser trasladado a Villa Devoto.

El jefe de Policía, visiblemente molesto, le respondió a Perón que no creía que se lo detuviera, y prometió hablar con Farrell. A las 02:30 arribó a la isla el subjefe de Policía, quien en nombre del presidente le dio su palabra de honor que por esa noche debía ir a la cañonera Independencia y al día siguiente sería llevado a otro alojamiento.

Perón accedió y se embarcó. Fue trasladado al presidio naval de la isla Martín García, donde se lo alojó en una vivienda destinada a los presos militares, con dos centinelas de guardia permanente. Según relató el propio Perón, desde este confinamiento pudo seguir por radio los acontecimientos de Buenos Aires.

El 14 de octubre el presidente Farrell envió a la isla Martín García al capitán cirujano Miguel Angel Mazza, para revisar el estado de salud de Perón. El médico capitán regresaría dos días más tarde, el 16, acompañado de un teniente de navío y dos doctores más para que le realicen un nuevo chequeo de salud. Perón se negó a esa revisión médica.

Durante esos días Perón venía escuchando en los noticieros radiales que él no estaba detenido, por lo que decidió enviarle al ministro de guerra un telegrama con el siguiente texto: “Comunico al señor ministro que mientras la radio anuncia que no estoy detenido, hace cuatro días que me encuentro detenido, incomunicado y con dos centinelas de vista en la prisión de esta isla”.

Conocida la noticia de la detención de Perón la CGT se reunió para organizar un plan de lucha. Desde las provincias las regionales reclamaron presencia más activa para defender a Perón. Como uno de los ejemplos se puede señalar que el 15 de octubre se declaró en Tucumán la “huelga revolucionaria” y enviaron, de urgencia, representantes a Buenos Aires para participar en el Comité Central de la Confederación General del Trabajo (CGT). Algo similar ocurrió en Santa Fe.

El 16 de octubre la CGT declaró un Paro general para el jueves 18. Lo hizo “en defensa de las conquistas obtenidas y por obtener, y considerando que éstas se hallan en peligro ante la toma de poder por las fuerzas del capital y la oligarquía”. La impronta popular se anticipó en un día a la determinación de la central obrera.

Miles de trabajadores produjeron una reacción tan espontanea como contagiosa, desde la madrugada dejaron sus lugares de trabajo en las zonas industriales del Gran Buenos Aires para marchar hasta Casa de Gobierno. La huelga general repercutía todo el país. Contingentes de obreros que desde las primeras horas del 17 fueron poblando la Plaza de Mayo reclamando la libertad de Perón.

La masiva concentración popular en Plaza de Mayo desbordó la seguridad policial habitual en el frente de la Casa Rosada. Miles de trabajadores llegaban desde las usinas de Puerto Nuevo, de los talleres de Chacarita y Villa Crespo, de las manufacturas de San Martín, Villa Ballester y Vicente López. Desde las acerías del Riachuelo cruzaban por puentes o en botes. Varios miles fueron hasta el Hospital Militar para exigir la libertad de Perón y su regreso al gobierno.

En las primeras horas del 17 de octubre, por orden expresa del presidente de la Nación, Perón fue trasladado al Hospital Militar Central. Una vez ahí pudo observar con sus propios ojos la movilización de los trabajadores reclamando su libertad, estaban escribiendo un inolvidable capítulo de la historia argentina teniendo al pueblo como protagonista y a Perón como figura central.

Sobre lo que observó y vivió Perón describiría más tarde: “El día 17 de octubre, desde el Hospital Militar, asistí a los hechos más trascendentales de toda la Revolución de Junio. Ellos llenaron todo mi corazón de argentino y de patriota”, y agregaría sobre aquel momento: “Desde el Hospital Militar percibía los gritos de los trabajadores y mi corazón se llenaba de satisfacción: ellos, en quienes yo había puesto mi fe y mi amor de hermano y argentino, no me defraudaron, como no han defraudado a la Patria, a quien han dado su grandeza con sus sudores germinantes y generosos”.

Los hechos desbordaron rápidamente al gobierno. La multitud reclamaba un solo grito desde las calles porteñas, “queremos a Perón”.  Sin margen para otro tipo de maniobras desde el gobierno se ordenó su trasladado del Hospital Militar a Casa Rosada, donde fue recibido por el presidente Farrell. “¿Que cree usted que hay que hacer?”, consultó el primer mandatario. ”Llamar a elecciones”, respondió Perón.

Farrell accedió y ordenó que en 6 meses haya elecciones. Perón se levantó y le extendió la mano a modo de despedida. “A donde va?”  preguntó el presidente…salga al balcón y hábleles a esos locos que nos van a quemar la Casa de Gobierno

…y Perón salió al balcón por primera vez. Fue el 17 de octubre de 1945 a las 23:30. La multitud, que no se había movido ni había dejado de corear su nombre durante toda la jornada, bramó al verlo. Perón le sugirió al locutor radial que invitara a las masas a entonar el himno nacional. Él permaneció a un costado. Luego tomó el micrófono y se dirigió hacia ellos.

—¡Trabajadores! — fue lo primero que dijo Perón, lo repitió dos veces, para después devolver con sus palabras el agradecimiento a tanta lealtad popular…