Se dejó caer de rodillas cuando ya no había más nada que hacer, las palmas cubrieron su rostro y un indisimulable gesto de profunda tristeza brotó en todo su cuerpo. El llanto de Neymar regó el césped del Maracaná durante varios minutos, no había consuelo que lo detenga. A pocos metros el festejo de los argentinos como contracara brutal. El triunfo y la derrota, una instantánea extrema que se repite en el último escalón de todo torneo.

Lo que no se repite tanto, al menos públicamente en el fútbol, es la escenografía que le siguió a esos primeros minutos posteriores a la final de la Copa América. El seleccionado de Brasil haciendo una calle para que pasen los argentinos en busca del trofeo, y un Neymar repuesto de su catarsis felicitando uno por uno a sus rivales. El abrazo con Messi fue estremecedor, estuvo lejos de ser un compromiso. Se trató de un lazo profundo con el crack del fútbol de Brasil susurrándole cosas al oído al mejor 10 del mundo. Una postal conmovedora, genuina.

Neymar no se fue a los vestuarios. Se quedó acompañando el festejo argentino. Armó un tercer tiempo de charlas y sonrisas (foto), dejó en claro que así vale la pena ser rivales. Viva el deporte, viva el fútbol.