Por Claudio Leveroni

A punto de cumplir dos meses al frente de la conducción nacional el gobierno de Javier Milei tambalea en la incertidumbre que le dejó la derrota parlamentaria con el mega proyecto de ley bautizado “ómnibus”. Pagó precio a su torpeza, construida con la soberbia del recién llegado al poder y su falta de experiencia en cuestiones de negociación con las fuerzas políticas que le hicieron un guiño como señal de acompañamiento.

Milei desconcertó a sus potenciales aliados parlamentarios. Por momentos los ningunea, en otros los maltrata y hasta los acusa de coimeros y delincuentes. No hay alianza posible bajo esas condiciones. Se lo vino advirtiendo a boca de jarro el experimentado Miguel Ángel Pichetto, cuya veneración por el pragmatismo lo lleva a posicionarse en los extremos más opuestos sin siquiera ruborizarse. Esa conducta política errática del rionegrino genera admiración en varios de sus pares. El radical cordobés Rodrigo de Loredo la expresó, casi babeando de envidia, en medio la última sesión.

Pichetto y de Loredo timonean bancadas minoritarias que, junto al puñado de libertarios y el Pro, pueden constituirse en circunstancial mayoría en la cámara baja. Así quedó demostrado con la aprobación general de la ley. Milei parece no darse cuenta de esa escenografía. Acomodó sus intereses en una tercera fuerza parlamentaria con peso, el Pro. A la fuerza creada por Mauricio Macri le dio enorme participación en el Poder Ejecutivo entregándole áreas claves como economía y seguridad.

El fracaso de la ley ómnibus pudo ser inducida, pergeñada desde fuera la Libertad Avanza . Ese es un razonamiento que corre como reguero de pólvora en los pasillos del Congreso. Tanto como la posibilidad de una consulta popular que por estas horas es muy alentada desde los medios afines a Macri. Lo desafían a jugar esa carta a sabiendas que una derrota dejará a Milei al borde del abismo. La vice observa con atención.