Por Felipe Efele

La injusta distribución de los subsidios que distribuye el Estado Nacional relacionados al transporte público de pasajeros a todas las provincias, ha dejado abierta una polémica que pone eje sobre una centralidad porteña que se recuesta sobre privilegios que recibe a costa del resto de sus pares de todo el país.

Larreta recurrió una vez más a la victimización para contrarrestar el pedido del gobierno nacional para que se haga cargo de las 32 líneas de colectivos que circulan exclusivamente por la geografía de la Ciudad. Argumenta persecución política, un planteo que se desarticuló con rapidez al escucharse también las quejas de gobernadores de su misma corriente política. Algunos, como el caso del jujeño Gerardo Morales, salieron con los tapones de punta acusando a la Capital Federal de no producir nada y llevarse grandes porciones a la hora de distribuir dividendos nacionales.

La Ciudad aspira recursos nacionales teniendo la recaudación propia per cápita más importante del país. Bajo este marco de ingresos y reclamos permanentes Larreta no hace más que configurar una línea que lo supera hacia atrás en el tiempo hundiendo a la administración porteña como rica y egoísta. La ciudad económicamente más poderosa del país, que reclama autonomía, no solo recibe del Estado nacional subsidios en el transporte por encima de la media general, también agrega una extenso listado de servicios que no se hace cargo pese al reclamo de independencia. Los desechos cloacales desembocan en el sur bonaerenses, el grueso de la basura que produce la ciudad se entierra en el cordón del Gran Buenos Aires; el sistema judicial porteño no contempla la construcción de cárceles dentro de CABA, por el contrario, sus políticas apuntan a cerrarlas y realizar negocios inmobiliarios. Los porteños no solo recaudan más, producen menos que el resto de las provincias, también acomodan sus intereses arrojando sus desperdicios fuera de la Ciudad.

La victimización de Larreta no es más que una actuación montada para representar el caprichoso sostenimiento de esta cadena de privilegios para una ciudad que vive expulsando a quienes no comparten esa idea. El síntoma más notable de esto último se refleja en un dato: Hace 70 años que la Ciudad de Buenos Aires mantiene la misma cantidad de habitantes.