Por Claudio Leveroni
«El periodismo puede ser la más noble de las profesiones o el más vil de los oficios», la certera definición fue expresada décadas atrás por Luis Joaquín Miró Quesada de la Guerra, un periodista y político peruano que supo sintetizar en pocas palabras lo que es capaz de generar quienes ejercen el oficio de informar. Pocas veces tan visible este concepto como en estos días, y en particular en nuestro país.
El periodismo es investigación, no existe ninguna posibilidad de separar la tarea de informar sin desarrollar tareas de campo, investigando y cotejando datos que se recogen en cada trabajo. La objetividad, a la hora de comunicar, está en no falsear la información, en no ocultarla o parcializarla. El límite que aleja al periodista de su oficio es la mentira. La subjetividad en el desarrollo de la noticia es tan necesaria como los datos mismos que nutren la información. Lo es porque representa la identidad del pensamiento del medio o del periodista, y ahí se encuentra el punto de unión con su habitual consumidor de noticias. El acuerdo entre un medio y su lector, televidente o escucha, se basa en la línea de pensamiento que los une. La subjetividad representa esa conexión en cada noticia que el medio brinda, sin falsear o mentir en la misma.
Un dato de época resulta muy novedoso. La mentira comunicacional, que tienen como metodología varios medios masivos, es bienvenida por un sector amplio de la población que acepta el engaño para sostener pensamiento. Posiblemente esto haya sucedido siempre, pero nunca fue tan groseramente visible como en estos días. Al noble oficio se han colado comunicadores (aquellos que informan lo que la empresa quiere) y operadores (los que están dispuestos a sostener falsedades). Que estén en los medios no los transforma en periodistas.


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