Por Claudio Leveroni

Cuando y porqué comenzó la fascinación argentina por el billete estadounidense, en qué momento se produjo ese embrujo que no se repite, al menos en la intensidad que se da en nuestra geografía, en ningun otro lugar en el mundo. No solo hay que buscar en la economía respuestas, estamos ante un dilema cultural íntimamente relacionado a las características con que fuimos formateados como sociedad a lo largo de nuestra historia.

Argentina es un país naturalmente rico y como tal está sujeto a concitar la atención de aquellos poderes dominantes que regulan el pulso del mundo. Hemos recibido un sinfín de estímulos para direccionar nuestros comportamientos. Acaso, el más dañino haya sido el que apuntó a destruir nuestra autoestima. Si no creemos en nosotros mismos serán otros los que decidan por nosotros.

En julio de 2010, cuando Lula concluyó su mandato presidencial se retiró afirmando que su principal logro había sido que en Brasil, las personas recuperaron la autoestima. “El legado que quiero dejarles es la certeza que no hay un ser humano inferior a otro”, sintetizó el líder haciendo referencia a algo no necesariamente personal. La consigna es equivalente también a los pueblos, es decir ningún país es inferior a otro en referencia a las posibilidades de su realización como tal.

Podemos tomar esa idea de Lula como punto de partida para comprender la fascinación de los argentinos por degradar nuestra propia moneda y encandilarnos por otra. El argumento de una crisis económica permanente para justificar esa conducta es una pantalla de poca consistencia. En Brasil, que también es un país rico con enorme pobreza entre su gente, se atesora y ahorra en Reales. El Brasil de Bolsonaro tiene al 30% de su población, 62 millones de personas, por debajo de la línea de la pobreza con ingresos menores a los 80 dólares mensuales. Sin embargo allí, los sectores medios no están desesperados por un dólar.

El nacimiento del patrón dólar como moneda de intercambio internacional es un hecho político que proviene de las consecuencias de la Segunda Guerra Mundial. Hasta ese momento, las divisas globales estaban respaldadas por oro. Es decir, cada gobierno garantizaba que su dinero se correspondía con una cierta cantidad de oro que poseía.

Al finalizar la segunda guerra los líderes de las tres potencias mundiales triunfantes, Rusia, Gran Bretaña y Estados Unidos firmaron un acuerdo en 1944, en la ciudad estadounidense Bretton Woods. Entre otros temas, acordaron la creación del Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional (FMI). También se estableció el dólar estadounidense como el nuevo equivalente del oro.

En este acuerdo se establecieron las condiciones del uso del dólar a nivel global, siempre que su valor estuviese respaldado en oro.​ Esto último se modificó en 1971, durante la presidencia en Estados Unidos de Richard Nixon, cuando se rompe con dicha relación. El dólar ya no se respaldaría en el oro, sino exclusivamente en la confianza que le otorga la sociedad, consolidándose a partir de allí su carácter pleno como moneda fiduciaria.

Argentina gobernada por Perón, bajo ese contexto histórico posterior a la segunda guerra mundial, iniciaba un proceso de industrialización. Para sostenerlo el gobierno intentó proseguir con un esquema de triangulación. De la exportación a Gran Bretaña y Europa continental se obtenían divisas que compraban bienes y equipos ofertados por Estados Unidos. Cuando las exportaciones no crecieron a la par de las importaciones, en 1947 y 1948, la balanza comercial con Estados Unidos se tornó deficitaria y el drenaje de las reservas del Banco Central pasó de 1.686 millones de dólares en 1946 a 1.100 millones en 1947.

Fue así que, en junio de 1947, en el marco del cuidado de las reservas, Perón anunció la suspensión de permisos para importar automóviles, champagne, whisky e hilados de rayón, y estableció un nuevo tipo de cambio preferencial para la importación de vehículos de pasajeros.

Tal como sucede en nuestros días, los diarios opositores hablaron de una posible devaluación. Comenzaron la construcción de un relato que se mantiene hasta nuestros días asegurando que la “escasez de divisas” se vincula directamente con la pérdida de derechos individuales.

Para contrarrestar aquel mensaje el Banco Central emitió un comunicado explicando que esas medidas restrictivas de importación fueron adoptadas en productos que tenían asegurado el abastecimiento para atender las necesidades del país durante un plazo prudencial.  En relación a otros productos se explicó que su carácter suntuario no hace imprescindible la importación. Lo importante era cuidar las reservas del país.

Perón, ante las críticas opositoras y mediáticas por las restricciones en las importaciones, en un discurso en la sede del Sindicato de Empleados de Comercio para celebrar la firma de un convenio colectivo, aseguró: “No haremos empréstitos para obtener divisas. Y es lógico que eso lo censuren quienes negocian con las divisas. Hoy hay un respaldo de la moneda, algo que carecíamos antes”.

El diario la Prensa cuestionó el planteo de Perón. En un editorial tituló “El dólar, moneda escasa”. En similares planteos se expresó el diario La Nación resaltando “Crece la circulación monetaria y se reduce el oro y las divisas que le sirven de respaldo”. El Presidente respondió a esas falsedades en cada acto público que se presentaba.

En uno de ellos, el 21 agosto de 1947, frente a los obreros ladrilleros, Perón le daría fuerza a una frase que con el tiempo se volvería célebre: “algunos traficantes que existen dentro del país dicen que no tenemos dólares. Yo les pregunto a ustedes, ¿han visto alguna vez un dólar? La historia de los dólares es, simplemente, la presión externa para que nosotros no aseguremos nuestra independencia económica”.

Tras el derrocamiento de Perón en 1955 los argentinos comenzamos a conocer un nuevo término para definir el condicionamiento a nuestra economía. La devaluación, la desaparición del valor nominal de nuestra moneda frente al dólar.

La hoja de ruta de las devaluaciones comenzó a aplicarse en forma mecánica desde octubre de 1958. Bajo el Gobierno de Arturo Frondizi se produjo ese año la primera depreciando en el valor de nuestra moneda respecto al dólar. Fue de un 68%, consecuencia de un fuerte atraso cambiario acumulado entre 1954 y 1957, que generó en 1959 una inflación del 114% y una caída del PBI del 6,5%.

A aquella devaluación del 58 le siguieron otras con iguales resultados negativos. Ocurrieron en abril de 1962 (64,5%), marzo de 1967 (40%), junio de 1975 (99,3%), marzo de 1981 (226%), febrero de 1989 (61%), durante todo el 1989 fue de 2.038%; en febrero-marzo de 1991 (66%). De enero de 2001 a marzo de 2002 (200%), enero de 2014 (19%) y en 2018 (100%).

Las devaluaciones siempre han generado efectos muy dañinos. Inflación, fuga de capitales, una baja en términos reales de la recaudación fiscal y en salarios y jubilaciones; licuación de ahorros en pesos en el sistema bancario, recesión y caída del PIB, cierre de pymes, aumento de la desocupación y la pobreza y la aparición de las más diversas bicicletas financieras desalentando la inversión productiva.

Cuando más comenzó a prevalecer el dólar paralelo, llamado amablemente blue en nuestros días, fue en la década de 1970. A partir del modelo económico liberal que implementó la dictadura cívico-militar se desregularon los mercados de cambio y eso generó un dólar informal más fuerte. La permanente campaña de degradación de nuestra moneda, sumado a los procesos de devaluación permanente limaron la confianza en las tasas generando un vuelco a la compra de divisas por parte del ahorrista medio.

En los inicios de la década del 80 todo el centro porteño estaba cableado por las “cuevas financieras”. Especialistas en pinchar teléfonos buscaban tener de primera mano datos claves sobre el pulso del mercado. Cada cueva marginal tenía su protección con pagos a las comisarías de la Policía Federal que regenteaban el microcentro.

Argentina tuvo cinco monedas en su historia. La primera fue decretada el 4 de noviembre de 1899. Fue el peso Moneda Nacional que se mantuvo vigente hasta 1969, aunque los billetes bajo esa denominación tuvieron circulación legal hasta 1978. En 1969 se aplicó la ley 18.188 que le quitaba dos ceros a la denominación. En junio de 1983 se estableció el Peso Argentino y dos años más tarde se lo bautizó como el Austral. Finalmente, tras procesos hiperinflacionarios, el 1 de enero de 1992 entró en vigencia nuevamente el Peso.

Previo a la entrada en vigencia de la última denominación de nuestra moneda nacional, bajo la Presidencia de Carlos Menem y con Domingo Cavallo al frente del Palacio de Economía, se decretó el 27 de marzo de 1991 la Ley de Convertibilidad. La misma establecía que 10.000 australes equivalían a 1 dólar, llevando al paroxismo la degradación de nuestra moneda y la exaltación de un dominio extranjero sobre nuestra política monetaria.

El 1 a 1 fue una improvisada experiencia que terminaría muy mal. Al cierre de industrias, aumento del desempleo, polarización de los extremos sociales con ricos cada vez más ricos y pobres cada vez más pobres, se llegó a la peor crisis económica y social en la historia argentina. Los ahorros quedaron atrapados en un corralito bancario y 14 provincias comenzaron a emitir su propia moneda, entre ellas el Patacón de Buenos Aires.

La convertibilidad duró 11 años hasta que el 6 de enero de 2002, después de atravesar una violenta crisis económica que hundió en la pobreza a más de la mitad de los argentinos y una brutal represión que regó de muerte todo el país, la paridad quedó formalmente derogada por el presidente Eduardo Duhalde con una frase difícil de olvidar…”“el que depositó dólares recibirá dólares”.

Bajo esa tutela cultura dominante Argentina se transformó en el país con mayor circulante de billete dólar en el mundo, obviamente después de Estados Unidos.

El presidente del Banco Central, Miguel Angel Pesce, en una presentación ante la Federación Argentina de Consejos Profesionales de Ciencias Económicas, aseguró que los ahorristas argentinos tienen unos 200.000 millones en dólares papel en su poder. Esto implica que el país es poseedor del 10 por ciento del valor de los billetes de la moneda norteamericana que circula en todo el mundo. El peso de la divisa en nuestra economía es tan significativo que en la Argentina hay más dólares per cápita que en el propio país emisor, Estados Unidos.

Pongamos en contexto mundial este dato que surge al considerar información de la balanza de pagos que publica, que cada tres meses resume el INDEC, y datos oficiales del gobierno de Estados Unidos. Unidas la información de estas dos fuentes oficiales se llega a la conclusión que del total de dólares en circulación en el mundo, uno de cada diez están en manos de ahorristas de nuestro país.

El dólar marginal es manejado en la actualidad por un pequeño grupo de operadores ligados a Casas de cambios, sociedades de bolsa y Bancos. Las operaciones tienen características distintas a décadas atrás. Hoy representan intereses políticos que están por encima de la realidad económica. El volumen que manejan difícilmente supere cifras trascendentes para el termómetro cambiario, pero generan un clima tóxico y de inestabilidad creciente en la sociedad. La ministra Batakis señaló días atrás que el dólar ilegal mueve una cifra insignificante, la colocó en 3 millones diarios. Nada, frente a los mil millones que moviliza el dólar oficial.

La cotización diaria del precio del dólar blue es sucia de toda magnitud. No se conocen quienes son los oferentes, ni los demandantes; es lo opuesto a un mercado competitivo que se acerque más al ideal. No es transparente; los valores se fijan antojadizamente. El precio del dólar no sube por oferta y demanda, lo suben por intereses que ya ni siquiera son económicos.