Por Claudio Leveroni

“La clase media argentina es experta en resucitar cada tanto a sus verdugos”. Es una de las tantas definiciones agudas que entregó el pensamiento de Arturo Juaretche haciendo lectura de los vaivenes culturales que anidan desde siempre en la franja social, cuantitativamente, más importante de nuestro país.

Esas idas y vueltas que envuelven a la clase media se sostienen en varios pilares. Algunos de ellos están ligados a los orígenes mismos de su conformación con raíces europeas. Otros, fluctúan influenciados por la impronta cultura de cada época y se imponen por la influencia de un goteo diario de los medios de comunicación.

Una gestión de gobierno suele ser evaluada por resultados económicos y sus repercusiones sociales. En este contexto tienen su peso la inflación, el endeudamiento, crecimiento del PBI, la inseguridad, denuncias de corrupción, el nivel de analfabetismo o mortalidad infantil que hubo en cada época. Indicadores que, según sus resultados, marcarán a simple vista la buena, regular o mala gestión que tuvo determinado período presidencial. Sin embargo, hay otras variantes que se encuentran más ocultas. Para descubrirlas hace falta rebelarse contra el sentido común instalado.

Además de los indicadores económicos y sociales más difundidos, cada época tiene su propio combustible cultural que no suele ser detectado a simple vista por ojos perezosos. Descubrirlo es un desafío a las ganas que vamos teniendo cada uno de nosotros en ser cada vez más o menos argentino. Este combustible cultural lo detectan quienes no se sienten cómodos con el discurso de época y asumen una actitud intelectual más transgresora.

¿Cómo funciona ese condicionante cultural que construye sentido común en cada época?, ¿Cómo identificarlo? Recurramos a nuestra propia historia.

Hubo tres momentos emblemáticos del endeudamiento que condicionó el bienestar de los argentinos por generaciones. El primero, bajo la presidencia de Bernardino Rivadavia, fue con los británicos de la Baring Brothers en 1823-1824, cuya cancelación terminó 124 años más tarde, en 1947 bajo la presidencia de Juan Domingo Perón.

El segundo, durante la dictadura cívico – militar que se inició en 1976. Creció descomunalmente, derivando en la peor crisis de nuestra historia con el estallido de 2001. El gobierno de Nestor Kirchner en 2005 logró una renegociación histórica con una quita extraordinaria del 65% más un plazo a 30 años, y saldó la deuda con el FMI. El tercer endeudamiento brutal e irresponsable lo protagonizó Mauricio Macri en 2018 y es el que estamos penando en la actualidad.

En los dos primeros endeudamientos la responsabilidad de la población queda al margen. El primero por ser en los inicios de la construcción de la patria controlada por una elite que tenía más expectativas en el exterior que las depositadas puertas adentro de nuestra frontera. En el segundo porque fue bajo la más sangrienta dictadura sufrida por los argentinos.

En cambio, el tercer endeudamiento, el que impuso Macri, es el resultado de una derrota cultural. Lejos de recibir la condena social y política, Macri se mantiene como referente y su fuerza política ganó las elecciones de medio término. Esta referencia es mucho más que haberse corrido a la derecha la voluntad del electorado. Representa el derrumbe de una conciencia soberana en la construcción del país.

Que hubiese sucedido si en los años sesenta o setenta un gobierno decidía vender YPF?. El clima de aquella época era bien distinto al actual. No es difícil imaginar una masiva respuesta en contra de privatizar la petrolera estatal. Eran años de efervescencia política, con movilización de ideas que daban como resultado un alto nivel de conciencia nacional. Los dos partidos mayoritarios, el peronismo y el radicalismo, sostenían al Estado como motor de un proyecto nacional. Si bien ambas estructuras políticas no coincidían en sus contenidos y formas, no dejaban de instalar al Estado como parte central en el diseño del crecimiento y desarrollo del país.

Veinte años más tarde esa mirada giró hasta ubicarse en el ángulo exactamente opuesto. La extranjerización de YPF, y de otras empresas referidas a áreas estratégicas, se concretó en los años 90. No solo recibieron la aprobación de los legisladores en el Congreso Nacional, también fueron avaladas con el voto en varias elecciones nacionales.

En los 80, y fundamentalmente en los 90, la sociedad fue convalidando aceleradas políticas de desarticulación del Estado restándole jerarquía en su protagonismo estratégico para el crecimiento y desarrollo nacional. Se había impuesto el discurso de achique estatal a su más mínima expresión.

El argumento fue extranjerizar, privatizar, para que no nos roben. Es decir, los deshonestos están aquí, somos nosotros, no están afuera. Se devaluó nuestra autoestima y quedó establecida también la ineptitud argentina y falta de honestidad para administrar nuestros propios recursos. Fue el síntoma más elocuente de la derrota cultural.

Se torna cuesta arriba construir nacionalidad cuando existe una percepción generalizada que nuestro ADN lleva el sello de la corrupción grabado a fuego. Otro síntoma de la derrota cultural con la que ingresamos al siglo XXl. A principios del año 2004, una encuesta realizada por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo titulada “Argentina después de la crisis: un tiempo de oportunidades”, reveló que los argentinos se perciben como “chantas y ladrones”.

Aquel documento presentó una radiografía del estado anímico de la opinión pública tras el estallido social del 2001. El 47% de los encuestados mencionó atributos negativos a la hora de definirse, percibiéndose a sí mismos como chantas, corruptos, agrandados y haraganes. Fueron encuestados 1638 personas de todo el país, en poblaciones mayores a 10.000 habitantes. Este marco de pesimismo y decepción fue determinante, para miles de argentinos, a la hora de tomar la decisión de irse del país en medio de la crisis del 2001.

Liliana De Riz fue redactora de aquel informe de Naciones Unidas. Ella señaló sobre los resultados de la encuesta: “Es una paradoja. La primera reacción de la gente es definirse como soberbia. Sólo en un segundo momento, más reflexivo, aparecen los rasgos positivos, como la capacidad «de aguante», de sentir que se puede comenzar de nuevo”. 

Tres años más tarde, ya en 2007 y con el resultado de otros vientos políticos sobrevolando Argentina, el mismo relevamiento marcó que la tendencia de cómo nos percibíamos había cambiado. Un estudio realizado por la consultora CCR realizado en seis países de América latina determinó que si los argentinos pudieran elegir a qué país parecerse, se elegirían a sí mismos como primera opción. Se recogieron 500 testimonios en cada país, pertenecientes a todos los niveles socioeconómicos. Según el informe, a la hora de imaginar el futuro, el 45 por ciento de los argentinos preferiría que su país se pareciera a sí mismo. El 18 por ciento elegiría parecerse a España y el 8 por ciento, a Estados Unidos.

Guillermo Olivetto, CEO de la consultora que realizó ese trabajo afirmó: “Este resultado habla de una recuperación de la autoestima de los argentinos y el rescate de ciertos valores del país, propios de una movilidad social ascendente y de la recuperación de la clase media”.

También en 2007 otro estudio de la consultora internacional Gallup concluía resaltando que el estado de ánimo de los argentinos se posiciona noveno en el ranking de los 10 países más optimistas con respecto a lo que deparará ese año. Habían pasado tan solo 4 años de la peor crisis de nuestra historia y el 56% de los argentinos encuestados respondió positivamente sobre los meses a venir. Fue una percepción que se mantuvo varios años. Lo hizo, inclusive, pese al bombardeo mediático desplegando pesimismo que cargaban sobre los gobiernos de Néstor y Cristina Fernández.

Una encuesta del Observatorio de Tendencias sociales de la Universidad Siglo XXl arrojó en 2016 que el 42,3 por ciento de los entrevistados sostuvo que se iría del país en caso de tener una oportunidad. En contrapartida, el 56 por ciento “no se iría a vivir a ningún otro país del mundo por más que tuviera la posibilidad de hacerlo”. El 55,8 por ciento respondió que se sentía identificado con los países latinoamericanos, un 27,7 con los europeos y menos del 10 por ciento con los países norteamericanos.

Recorrer la línea de tiempo de nuestro país nos permite descubrir en que tiempos se fueron fortaleciendo los lazos políticos culturales más intensos con un sentido de conciencia nacional. Hay coincidencia en historiadores en señalar que en los inicios de la tercera década del siglo XX hubo un gran impacto para el formateo de una identidad territorial. La llamada década infame produjo hechos que alimentaron que ese proceso de concientización comenzara a ser parte de los reclamos de la clase media.

En 1930 el país no había logrado aún su autodeterminación nacional, pero se comenzaba a estar consciente de su necesidad. Son años donde comienzan a quedar al desnudo, con más claridad, la existencia de dos modelos que estaban en pugna: el librecambista portuario, y el proyecto nacional.

Junto a la conciencia histórica se va conformando, también, dos tipos de pensamientos: el colonial y el nacional. El primero reservado para quienes profesan desde la degradación nacional, la necesidad de consolidar el proyecto de importar un modelo cultural tal como lo diseñaron los arquitectos políticos de la generación del 80. El segundo pujando por consolidar una identidad cultural propia que incorpore al criollo, mestizo, paisano o indio que se constituían en la mayoría las fuerzas vivas del país.

En 1868 Domingo Faustino Sarmiento, deslumbrado por el desarrollo de Europa de fines del siglo XlX, llegó a la presidencia de la Nación convencido que el plan de aniquilación y trasplante era la mejor forma de garantizar una evolución de nuestra sociedad. La aniquilación de gauchos e indios, y el ingreso, a través de la inmigración, de las culturas del viejo continente.

Las corrientes migratorias traerían consigo valores que remplazarían a la vagancia y el pillaje, representados en los gauchos e indios. Ese era el pensamiento dominante en la Buenos Aires de principio de siglo XX alimentado por sus sectores sociales más influyentes. Una filosofía impulsada desde la llamada generación del 80 que comandaron Sarmiento, Avellaneda, Mitre y Roca.

Pensadores como Scalabrini Ortiz o Arturo Jauretche supieron describir con increíble crudeza los mecanismos culturales de dominación que alentaron una dependencia a partir de la degradación. En la argentina de los años treinta y cuarenta se hablaba despectivamente de lo inmenso que era el territorio de nuestro país.

El mal que aqueja a la Argentina es la extensión se repetía en las tertulias de los sectores medios y altos de aquel entonces. Jauretche bautizó como tilingos a los propagadores de estas consignas. Frases que nutrían el bagaje cultural de una dependencia confeccionada por el poder real de la época. Se potenciaban los mecanismos auto denigratorios con el objetivo siempre de exaltar la fortaleza de “lo otro” y la debilidad de “lo propio”.

Jauretche desnudó con aguda observación la comparación maliciosa, a partir de la cual se pretende que el individuo incorpore un mecanismo de comparación permanente para mostrar la debilidad propia. Como ejemplo de ello, recurría a afirmaciones que se multiplicaban en esos días como que “el mar brasileño es mejor que el argentino”; “París es más bella que Buenos Aires”; “el Himalaya más imponente que el Aconcagua”. 

El reconocimiento de lo propio, de nuestras raíces y orígenes, permite pensar en la evolución y el desarrollo de nuestra comunidad reafirmando esa identidad. Se trata de una dinámica del pensamiento que deberíamos realizar cotidianamente para poder confrontar con aquella mentalidad que tiende a hacernos creer que podemos adaptar a nuestro propio ámbito modelos de sociedad ajenos a nuestra idiosincrasia.

Hay también otra mirada sobre esta misma problemática. Una corriente de intelectuales argentinos que prefiere aceptar que la argentina ha caído en decadencia. Una declinación que se ha acentuado con el correr de los años.

El resultado de estas comparaciones no hace simplemente referencia al funcionamiento de las instituciones, hablan también del perfil de una sociedad, y de sus habitantes. Dicho de otra forma más directa. No es que solo está instalada la creencia que la policía británica es más honesta que la argentina, lo que es peor aún tenemos incorporado que el ciudadano británico es más honesto que el argentino. Aunque haya pruebas históricas que demuestren todo lo contrario. Esta reacción que brota espontáneamente es el resultado de la dependencia cultural, de la dominación que hay a partir de la fascinación que generan aquellas sociedades vistas como exitosas, sin siquiera revisar como llegaron a serlo.

En los primeros años de la década del 50, en medio de un proceso de espectacular crecimiento productivo en el país, Luis Sandrini protagonizaba en la radio un personaje que se encargó de describir al chanta argentino. Un tipo quejoso que se anotaba en todas las críticas.

Para esta misma época un grupo de intelectuales argentinos intentaba acompañar el proceso político que conducía Juan Domingo Perón. Una de las tareas apuntaba a deshilvanar la compleja madeja que representa la dependencia cultural, ¿Cómo funcionaba?, ¿Dónde se la podía apreciar? Y cuáles eran sus consecuencias.

Por esos días Arturo Jauretche ofreció una conferencia en un auditorio con estudiantes universitarios de Bahía Blanca. Viendo que sus explicaciones sobre las influencias de la cultura importada navegaban en la incomprensión de los asistentes, optó por ir a un ejemplo concreto. Pidió a los presentes imaginen un planisferio mundial y, una vez en su mente, ubiquen ahí a la Provincia de Buenos Aires y a la ciudad de Bahía Blanca. ¿Dónde las ha ubicado?, le preguntó a uno de los estudiantes que había dibujado un planisferio en el pizarrón. Abajo y en el sector izquierdo del mapa. “¿Por qué, ahí?”, repreguntó Jauretche. “Porque así está en el planisferio” fue la respuesta.

Era lo que esperaba escuchar el escritor. En esa respuesta se encuentra la dominación cultural. En el infinito estelar donde navega nuestro planeta no hay arriba ni abajo. Profundizando la explicación Jauretche le señaló al alumno: “El hemisferio Norte esta arriba y el sur se encuentra abajo porque el Mercator, que es el planisferio más difundido y el que usted tiene en su cerebro, fue realizado en el hemisferio norte. Aún más, los planisferios hechos por Norteamérica tienen en el centro a América, mientras que los que están hechos en Europa tienen al viejo continente en el centro”.

Arturo Jauretche perteneció a una corriente de pensadores nacionales que tras la caída del gobierno de Hipólito Irigoyen, por un golpe militar ocurrido el 6 de septiembre de 1930 que catapultó al General Félix Uriburu a la presidencia de la Nación, conformaron la agrupación reconocida bajo las siglas de FORJA. (Fuerza de orientación Radical de la Joven Argentina).

FORJA realizó un gran aporte para la conformación de una nueva corriente de pensamiento capaz de reconocer las políticas que dominaban esta región del continente. El documento inaugural lo titularon: “Somos una argentina colonial. Queremos ser una Argentina libre”. FORJA terminaría siendo un extraordinario laboratorio de ideas que alimentó el pensamiento nacional en las décadas siguientes. Intelectuales de la talla de Arturo Jauretche, Homero Manzi, Scalabrini Ortiz y Luis Dellepiane , entre otros, fueron sus principales referentes de este núcleo de intelectuales.

A esta usina de pensamiento nacional se sumaron personalidades de distintas extracciones ideológicas: Como diría Jauretche, “Cada uno tenía al llegar su propia visión del mundo, su propia fórmula, su propia solución. Hubo que resignar toda vanidad intelectual”

En 1937 se levantó en la Ciudad de Buenos Aires un monumento a George Canning. FORJA emitió un documento recordando quien era realmente Canning, transcribiendo una frase suya de 1824 que decía: “la América española es libre, y si nosotros los ingleses manejamos nuestros negocios con habilidad, ella será inglesa´.

Forja dejó de existir cuando la década infame llegó a su fin. Sus integrantes se sumaron a la movilización del 17 de octubre de 1945 y se integraron al peronismo. Fue después de haber aportado cientos de documentos, en los que desparramaron ideas que alentaron la conciencia nacional. Pasaron los años y Argentina, que atraviesa por un cambio cultural trascendente para las generaciones venideras, espera reencontrarse con un grupo de pensadores que acepte los riesgos del desafío de hoy.