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La inseguridad entre el negocio y la reinserción de personas

Por Claudio Leveroni

A medida que los controles y la vigilancia se intensifica en las ciudades también se va recortando cierto grado de intimidad de las personas. Con el fisgoneo de los ojos electrónicos, representado en miles de cámaras distribuidas en todo el país, se afecta un sentido de libertad bajo la justificación de husmear en la urbe para identificar acciones sospechosas.

Es una resignación socialmente aceptada en la creencia de sentirnos más seguros. Vivimos siendo observados por cámaras que están en calles, centros comerciales, negocios, colectivos, aeropuertos, terminales de ómnibus, y en nuestro lugar de trabajo. Hay una veneración hacia esos ojos indiscretos que graban nuestras acciones. Se los pondera y, sabiendo que generan buenos beneficios electorales, sus registros son utilizados por las autoridades facilitándolos para que sean difundidos a través de la televisión. Es también una forma eficaz de potenciar la expansión del virus del miedo.

La inversión, tanto de la administración nacional como las provinciales y municipales, fue aumentando en los últimos años en seguridad. Lo fue tanto en tecnología como recursos humanos, sin lograr que la inseguridad recorra un camino descendente directamente proporcional al mayor gasto realizado. Se ha multiplicado el personal afectado, su armamento, municiones y unidades móviles, acumulando gastos que devoran dineros públicos. Es un círculo vicioso que se agranda cada vez más sin resolver el fondo del conflicto.

Se ha constituido una supraestructura que ofrece seguridad. Funciona como los antiguos señores feudales que, en la edad media, cooptaban campesinos, quienes debían dedicar cierta parte de su trabajo o de su producción en beneficio de su superior feudal a cambio de protección y seguridad. Hoy, los señores feudales se mutaron en variadas formas. Son las estructuras empresariales armadas en derredor del combate a la inseguridad, y es también la elite política que, por complicidad o incompetencia, no logra resolver el conflicto cuando asume la responsabilidad de gobernar.

Para que el negocio de la inseguridad sigua siendo rentable se necesita mantener vivo el temor a ser víctima de un asalto y que exista mano de obra ocupada en la marginal tarea. Invertir en la recuperación social de quienes han transitado en tareas delictivas es prioritario. En este sentido la tasa de reincidencia llegó a tener en el país picos del 65%, bajando al 41% según datos nacionales de 2019.

Un informe en 2022 del  Centro de Estudios Latinoamericanos sobre Inseguridad y Violencia (CELIV) señala que cada año salen de las cárceles al menos 20.000 personas. En los últimos 6 años, aproximadamente, 100 mil personas privadas de su libertad cumplieron sus penas y poco se sabe acerca de lo que sucede con ellas desde el momento en que abandonan las cárceles. Esto último se encuentra íntimamente ligado a que muy poco se destina a la etapa posterior a la liberación de la personas que cumplieron condenas, esto pese a que los especialistas coinciden en que éste es un momento crítico donde se deben invertir recursos para disminuir la reincidencia delictiva.

El CELIV hizo una radiografía muy precisa en 2022. Estimó en cerca de 110.000 las personas privadas de libertad y, al menos, otras 30.000 con medidas de restricción. Hay más de 200 unidades carcelarias y cerca de 50.000 personas trabajan en los distintos sistemas penitenciarios. El costo de manutención mínimo de cada personal privada de su libertad es de al menos 10.000 dólares al año. Significa un costo de 1.100 millones de dólares al año. Además, hay un número significativo de fiscales, peritos, jueces y personal judicial para sancionar y ejecutar las penas.

Hay probados mecanismos de inserción social de quienes pasan por una prisión. El abogado Eduardo Oderigo, ex funcionario judicial y ex integrante del plantel superior de rugby del San Isidro Club (SIC), comenzó en marzo de 2009, una experiencia altamente demostrativa en este sentido. Se acercó a la Unidad N° 48 del Servicio Penitenciario Bonaerense (SPB), en San Martín, y solicitó permiso para enseñar rugby a los internos.

El rugby es un deporte que se construye, desde lo formativo, fortaleciendo valores solidarios indispensables para funcionar como equipo. Así, nació Los Espartanos, un equipo de rugby formado por detenidos de este penal bonaerense. La experiencia que encabezó Oderigo dejó resultados altamente positivos. En los primeros siete años de su funcionamiento hubo 400 detenidos que formaron parte del plantel. Todas las semanas se reúnen en un sector del penal para aprender a jugar o mejorar sus aptitudes para este deporte (foto que ilustra la nota).

El trabajo desarrollado por Oderigo y colaboradores que se fueron sumando con el correr de los años fue cruzando barreras cada vez más altas. Lograron permisos para salir a jugar partidos fuera del penal, y desafiando lógicas se enfrentaron a un equipo de rugby de la Policía Metropolitana (ganaron los detenidos 14-12). Más tarde, hicieron lo mismo con otro equipo compuesto por jueces y fiscales que habían sido parte del proceso judicial de los reos. Este último encuentro fue la previa de Los Pumas – All Blacks, en 2014, en el estadio único de La Plata.

En 2015 una delegación, integrada por 10 Espartanos que ya habían obtenido su libertad, viajaron a Roma y fueron recibidos por el Papa Francisco. Cada uno de estos pasos son motivaciones que le permiten al grupo mantenerse unidos, con metas que no dejan de sorprenderlos y contenerlos para reformatear el sentido de su propia existencia.

Los resultados fueron categóricos. De los 300 Espartanos que recuperaron la libertad, solo 6 reincidieron. Es decir, el 2%, cuando el promedio en la población carcelaria de la Provincia de Buenos Aires llegó a ser en algún momento superior al 60%.

“Nos dimos cuenta que había una veta para explotar. La sociedad pide más patrulleros, más cámaras y más policías. Por otro lado, los presos salen de la prisión con un resentimiento mayor. Entonces, pensamos que había que hacer algo para cambiarles la cabeza, para que cuando recuperen la libertad decidan cuidar de sus familias, trabajar y no volver al delito” , reflexionó Oderigo en una de las tantas entrevistas periodísticas en las que relata la historia que lo tiene como un protagonista. El rico anecdotario de Los Espartanos es inmenso, resaltando siempre el valor de pensar al otro como un igual y, como tal, ofrecer una mirada más comprensiva que vengativa.

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