Por Claudio Leveroni
Tres jóvenes mujeres fueron torturadas, asesinadas y mutiladas. La aberración no concluye ahí. Semejante momento de crueldad fue mostrado en vivo a través de un circuito de cámaras con la intención de enviar un mensaje a quienes la estaban viendo. Integrantes de una asociación ilícita que observaban los que les puede pasar, hasta donde puede llegar la represalia, si hay traición.
El impacto que genera conocer los límites aberrantes a los que puede llegar la condición humana nos impone un verdadero desafío a la hora de pensarnos como una comunidad que busca mejorar su esquema de organización. La constitución de valores tan aberrantes no están solo limitados a individuos marginales dedicados a la delincuencia estructurada como tal. Hay cierta predisposición cultural a aceptar que esas situaciones monstruosas solo se presentan en ámbitos de gran marginalidad social. La historia misma de la humanidad nos muestra que no es así.
Desde siempre se ha generado contenido cultural en la acción política. En no pocas ocasiones se lo hizo con la misma saña y miserabilidad con la que fueron asesinadas las tres jóvenes que hoy son noticia central en nuestro país. La crueldad es un sello de identidad en estos tiempos. Se la utiliza como una virtud, se la justifica asegurando que es necesaria para estar mejor en el futuro, en 10, 20 o 30 años. Es un mensaje que ha tenido un exitoso desembarco en nuestra geografía.


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