Por Claudio Leveroni

Definitivamente la guerra nunca es un buen desenlace para dirimir conflictos. Es el peor camino para resolverlos. El negocio bélico se lleva vidas, mutila otras, destruye bienes y también valiosos patrimonios culturales. A todas estas calamidades debe sumarse el derrumbe de la verdad, si esta existiera como tal en términos estrictamente objetivos.

La manipulación de los hechos en su difusión resulta entendible, aunque nunca justificable, cuando se desarrollan puertas adentro de los países envueltos en disputas. Se trata de una variante comunicacional que transita en paralelo a la batalla real en el teatro de operaciones, como gusta llamar la casta militar a la región donde llueven misiles y balas.

En esa contienda mediática cada sector en pugna dispara sus propias noticias, es frecuente que en ellas se oculten o distorsionen los hechos para exaltar otros de dudosa veracidad. Una situación que debería enmarcarse acaso solo para las naciones inmersas en el conflicto. Traído a la actualidad ese estado de cosas recaería en Rusia y Ucrania. El horizonte de la prohibiciones es mucho más amplio.

Es notable como el resto de la comunidad mundial, en estos días, sufre distorsión informativa relacionada a la evolución del conflicto bélico iniciado tras la invasión rusa a Ucrania ordenada por Putin. Más riesgoso es que se justifica la censura atendiéndola como una normativa justa para castigar a una de las partes, Rusia. No se trata solo de ocultar hechos o distribuir falsas noticias, se está admitiendo una censura organizada en forma sistemática. Sucede en forma descarada y presentada como una causa justa llevada adelante por quienes dominan del mundo de las comunicaciones.

Estos poderosos grupos, con base en distintas zonas del planeta, sacan pecho al comunicar que eliminan de sus múltiples tentáculos mediáticos las cadenas rusas de información. Es decir, cercenan la posibilidad que sus abonados analicen por si mismo la información que reciben desde una de las partes en conflicto. Manipulan en forma grotesca la recepción de noticias que formatean ideas y pensamientos de millones de personas cuya atención es capturada a través de sus canales de TV, radios, diarios y portales informativos.

En esta estructura comunicacional hay que incorporar a las herramientas más novedosas para el traslado de noticias que también se han sumado a esta peligrosa avanzada. Empresas que engloban redes sociales como Facebook, Instagram y WhatsApp ,y las plataformas Google y Youtube bloquean o restringen contenidos de medios rusos dejando un riesgoso precedente en materia de libertad de expresión y derecho a la información. La red social twitter tampoco oculta esa intención al añadir y estigmatizar en el perfil de cuentas de muchos periodistas o medios que difunden información, la leyenda: ‘Medios afiliados al gobierno, Rusia’.

La modalidad del control informativo puede resultar novedosa por tratarse de plataformas de comunicación tecnológicas que son símbolo de época. Lo cierto es que mantener a la población informada bajo una única mirada es un formato que lleva décadas. Los intentos puestos en marcha a contramano de esos intereses dominantes se frustraron o tropiezan con dificultades para el acceso a la masividad.

Acaso la empresa multiestatal latinoamericana de noticias Telesur sea un buen ejemplo de esto último. Creada en 2005 desde Venezuela el canal tiene como socios a varias naciones de nuestra región. Argentina lo fue hasta la llegada de Macri a la presidencia. En marzo de 2016 se anunció formalmente el retiro argentino de la sociedad. Como consecuencia de esa determinación la señal dejó de ser de inclusión obligatoria en las grillas de programación de las empresas de televisión por suscripción y también se la bajó de la Televisión Digital Argentina (TDA), a donde regresó en noviembre de 2020 bajo la actual administración nacional.

El caso Telesur es tan solo un ejemplo, se repiten muchísimos más de distinta envergadura. La idea de sostener un pensamiento único direccionando los intereses de los sectores más empoderados requiere de una concentración de medios los suficientemente poderosa para que funcione como una muralla que detenga la invasión de otras ideas con intereses contrapuestos.