“La grieta se murió y empieza una nueva etapa el 10 de diciembre” esto lo afirmó esta semana el candidato más votado en las elecciones presidenciales del pasado domingo 21. La voluntad de Sergio Massa para poder concretar ese objetivo requerirá de un consenso generalizado que debe incluir a dirigentes políticos, sociales y empresariales; también a los dueños de las principales usinas informativas y sus correspondientes comunicadores.
¿Qué es la grieta?, ¿Cuándo y porqué comenzó? En las respuestas que encontraremos a estas preguntas hay intereses en juego. Están quienes aseguran que esa división tiene sus inicios en los mojones fundacionales de la patria, que es el resultado de la puja existente entre quienes representan dos modelos de país; y están quienes mezquinan ese análisis para recaer en el simplismo de la acusación personal. Son los que le atribuyen la responsabilidad de haber agrietado nuestra sociedad a los gobiernos de Néstor Kirchner y Cristina Fernández.
Quienes apuntan al peronismo como culpables de la grieta lo hacen alimentando usinas que falsean información y alimentan el odio. Reclaman poner fin a los antagonismos como si éstos no fueran parte de la natural disputa que existe en toda organización política del hombre en sociedad.
Nuestros 200 años de historia como país están atravesados por un sinfín de conflictos. Establecer pautas de convivencia para resolverlos es el desafío que siempre afrontamos como sociedad. En todo ese recorrido hubo infinidad de planteos que fueron agigantando la grieta, fueron conflictos que tuvieron personajes representando intereses contrapuestos.
En los inicios de nuestra historia las diferencias entre morenistas y saavedristas eran tan notables como extremas. Los seguidores de Mariano Moreno eran proclives a llevar la revolución a fondo, proponian romper la relación umbilical con España. En cambio, quienes seguían a Cornelio Saavedra buscaban una conciliación con la nación europea.
Los cruces personales tanto en nuestra antigüedad como en el presente representan confrontación de ideas que se contraponen. La relación entre San Martín y Rivadavia fue muy tirante, en más de una oportunidad bordeó extremos grotescos en la disputa por dos modelos e intereses distintos para la República.
En plena campaña libertadora San Martín pidió fondos a Buenos Aires para el armado de su ejército. Rivadavia se los negó aduciendo que debía atender primero las exigencias de mejorar las calles y ochavas de la Ciudad de Buenos Aires. Fue más lejos aún, le puso espías a San Martín y hasta hubo planes para asesinarlo en 1823 cuando regresó a Buenos Aires para despedir a su esposa moribunda.
En cada época el país afrontó debates de enorme repercusión interna. La grieta argentina de mediados del siglo XIX se llevaba vidas. Eran tiempos de dura confrontación entre unitarios que pugnaban por el centralismo porteño y Federales que intentaban un gobierno descentralizado.
Como resabio de aquel debate entre unitarios o federales se instaló un paradigma propuesto por Sarmiento: civilización o barbarie. Sarmiento pensaba que ese era el gran dilema de la Argentina. Identificaba la civilización con la ciudad, con lo urbano, con aquello que estaba en contacto con lo europeo. A su entender el viejo continente representaba el progreso. En cambio, la barbarie era todo lo contrario, era el campo, lo rural, el atraso, el indio y el gaucho.
Sarmiento asumió una postura muy extrema y belicosa para resolver ese conflicto, propuso exterminar al otro. En una carta le aconsejó a Bartolomé Mitre: “…no trate de economizar sangre de gaucho. Éste es un abono que es preciso hacer útil al país. La sangre es lo único que tienen de seres humanos esos salvajes”.
Sarmiento y Mitre junto a otros políticos de la época que también accedieron a la presidencia de la República, como Nicolás Avellaneda y Julio Rocca, fueron integrantes de lo que se conoce como la generación del 80. Formados intelectualmente en una dirección ideológica fueron los propagadores de pensamientos conservadores y liberales con mirada europea. Propiciaban que el manejo de los asuntos públicos debía estar en manos de una elite educada y con poder económico.
Aquella generación del 80 formateó un pensamiento reaccionario cargado de extremo desprecio a las clases y gobiernos populares que llegarían con el siglo XX. Una impronta que se mantiene hasta nuestros días.
Bajo la tutela del Partido Autonomista Nacional, esa idealización de modelo de país, estuvo más de cuatro décadas de preeminencia con gobiernos que se extendieron desde 1874 hasta 1916, socavando una enorme grieta social que generó fuertes reacciones opuestas. La más significativa fue la revolución de 1890, también llamada revolución del parque.
El 26 de julio de 1890 milicianos armados capturaron al presidente, al vicepresidente, Julio Roca y al ministro de Guerra, el General Nicolás Levalle. Cortaron las comunicaciones postales, telegráficas y ferroviarias. Tras varios días de combates, desarrollados en el centro porteño y en varias unidades militares con un saldo de 300 muertos, la batalla de aquella grieta llegó a su fin. El presidente Juárez Celman renunció y amaneció una nueva camada de dirigentes políticos fundacionales de la Unión Cívica Radical.
La Revolución del Parque fue una demostración de la importancia de la movilización popular y la necesaria participación ciudadana en la vida política del país. En las filas de los revolucionarios hubo figuras como Leandro N. Alem, Lisandro de la Torre, Aristóbulo del Valle, Nicolás Repetto, Marcelo T. de Alvear y Juan B. Justo.
Uno de ellos, Hipólito Yrigoyen, llegó a la presidencia para ser protagonista central de la primera gran grieta del siglo XX. Inauguró en 1916 el proceso de democratización que representó la sanción de la ley Sáenz Peña dando inicio de las elecciones libres y obligatoria para los adultos varones mayores de edad.
Las democracias como expresión popular suelen generar molestias en los sectores económicamente empoderados. La llegada de Yrigoyen acompañado por miles de personas hasta la Casa Rosada fue una postal inédita en los años pasados del país.
Hubo demandas populares que se hicieron realidad bajo la gestión de Yrigoyen ensanchando la grieta con el poder real. Se declaro la jornada laboral de 8 horas y el descanso dominical; muchas personas de la clase media pudieron acceder a un puesto en el gobierno y se promovió la organización obrera. Los gremios aumentaron el número de afiliados, pasaron de 40.000 al inicio del gobierno a 700.000 cuando concluyó.
La grieta entre conservadores y radicales se agigantó con el correr de los años. En la nochebuena de 1929 el presidente Yrigoyen salió de su casa en Brasil 1039 del barrio de Constitución. Subió al auto con su chofer habitual, Eudosio Giffi, para ir a la Casa Rosada. Junto a Yrigoyen se sentó su médico particular, el Dr. Osvaldo Meabe, y al lado del chofer se ubicó el subcomisario Alfredo Pizzia Bonelli, jefe de la custodia.
Al auto presidencial lo seguía otro móvil de custodia con personal policial. El trayecto establecido fue transitar por Brasil hasta cruzar la calle Bernardo de Irigoyen. Justó ahí, frente al número 924, un individuo revolver en mano salió de un zaguán y disparó en 5 ocasiones contra el auto que trasladaba al presidente Yrigoyen. El chofer zigzagueó para no presentar blanco mientras el subcomisario Pizzia, herido en el abdomen, y los custodios, repelían el ataque. El atacante, identificado como Gualberto Marinelli resultó muerto de cinco balazos.
Diez meses después de ese atentado, el 6 de septiembre de 1930, los conservadores dieron el golpe derrocando a Hipólito Yrigoyen, interviniendo al Congreso Nacional y a doce de los catorce gobiernos provinciales. Fue el inicio de la Década Infame, reconocida así por los continuos fraudes electorales y niveles de corrupción que identificaron ese período de políticas liberales que se extendieron hasta 1943.
Con la llegada de Perón al poder se instalaron reivindicaciones para el trabajador estableciendo, además de derechos laborales, un distribución de la renta nacional como nunca había sucedido. La reacción del sector económicamente más empoderado, definido como la oligarquía, no se hizo esperar. La grieta peronismo y antiperonismo se mantiene hasta la actualidad.
Perón sufrió varios atentados contra su vida. El 15 de abril de 1953 mientras le hablaba a una multitud congregada en Plaza de mayo estallaron dos bombas colocadas en el subte A provocando 7 muertos y 93 heridos, 19 quedaron mutilados. El atentado terrorista podría haber tenido mayor cantidad de víctimas de haber estallado otras bombas que fueron colocadas en la azotea del Banco de la Nación con la intención que la mampostería se desplomara sobre la multitud.
Los niveles de violencia contra el peronismo fueron creciendo alimentado por un odio que desembocó en un brutal crimen de lesa humanidad. El 16 de junio de 1955 el odio de aquella grieta se animó a bombardear la plaza de mayo y la casa de gobierno. Durante varias horas aviones de la armada dejaron caer 14 toneladas de bombas provocando la muerte de 400 personas, con más 1.200 heridos y mutilados. Todavía hay, en la actualidad, quien justifica semejante barbarie.
El capítulo de mayor bestialidad de la grieta argentina se disparó a partir del 24 de marzo de 1976, fue democracia o dictadura. Los responsables del último golpe de Estado desplegaron en casi siete años una represión sin precedentes. Secuestraron, torturaron y asesinaron amiles de personas. Lo hicieron en operativos sin proceso judicial, utilizando cárceles clandestinas, arrojando personas al mar desde aviones, creando la figura de desaparecidos imaginando que nadie reclamaría por ellos. Una perversión que se motoriza con el odio como combustible.
San Martín o Rivadavia, Morenistas o Saavedristas, Unitarios o Federales, Civilización o Barbarie, radicales o conservadores, peronismo o gorilas, democracia o dictadura, estas fueron y son algunas de las grietas que atravesamos los argentinos a lo largo de nuestra historia. Acaso debamos reconocer que se trata de una sola inmensa grieta con varios capítulos.
Se habla de consenso para cerrar la grieta. Es una definición que requiere ser clarificada conceptualmente, porque no se trata de buscar que todos piensen lo mismo. Consensuar es primero aceptar que existe otro con ideas diferentes y después establecer una plataforma adecuada para llevar adelante la discusión. Consensuar es intentar resolver la actitud que asumimos en comunidad ante los diferentes conflictos que afrontamos.
Según señala el psicoanalista Sebastián Plut para terminar con la grieta resulta esencial dejar de usar ese término, al menos, en el sentido que le han dado los políticos y comunicadores que, durante años, ostentaron la paradójica posición de reclamar su fin encendiendo el odio. Después, es necesario aprender el valor del desacuerdo y saber que son inevitables los antagonismos. Finalmente, asegura Plut , hay que advertir que es la política la vía privilegiada para que los antagonismos no devengan en grieta, es decir, en violencia social.


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