Por Claudio Leveroni
En varias ocasiones, inclusive durante la campaña electoral que lo llevó a la presidencia, Javier Milei se refirió al peso argentino como un excremento. Dicho esto en el marco de la búsqueda de votos de quienes representan el sentir de una franja importante de nuestra población que se acostumbró a pensar en dólares. Un razonamiento que se fue generalizando y creciendo en las últimas décadas. Lo hizo a la par de la degradación de lo propio y una exagerada exaltación de todo aquello que es importado.
Cuando y porqué comenzó la fascinación argentina por el billete estadounidense, en qué momento se produjo ese embrujo que es irrepetible en ningún otro lugar del mundo. No vamos a hablar solo de economía para encontrar respuestas a estas preguntas. No lo haremos porque estamos ante un dilema cultural que se encuentra íntimamente relacionado a las características con que fuimos formateando la personalidad de nuestra sociedad a lo largo de la historia.
Argentina es un país naturalmente rico y como tal estamos sujetos a concitar la atención de aquellos poderes dominantes que regulan el pulso del mundo. En ese contexto recibimos un sinfín de estímulos para direccionar nuestros comportamientos. Uno de los más dañinos ha sido el que apunta a destruir nuestra autoestima. Una batalla cultural en la que aún estamos inmersos. Si no creemos en nosotros mismos serán otros los que decidan por nosotros.
Brasil puede servirnos de espejo para reflejar la profundidad de las consecuencias de una derrota cultural. Es un país rico que mantiene altos índices de pobreza enquistada, es decir permanente. Bolsonaro la subió, afectando al 30% de su población, unas 62 millones de personas con ingresos menores a los 80 dólares mensuales. Fue el mismo porcentaje que recibió Lula en 2003 cuando asumió por primera vez la presidencia. Con una inversión en sus primeros cuatro años de gobierno de 13.000 millones de dólares logró bajarla al 22%.
Pese a esta dura realidad de tener una enorme franja de su población bajo la línea de pobreza, los brasileros se aferran a su cultura y su identidad monetaria. Los sectores medios no están desesperados por un dólar. Se atesora y ahorra en Reales.
En julio de 2010, cuando Lula concluyó su segundo mandato presidencial se retiró afirmando que el principal logro había sido que las personas recuperaron la autoestima. “El legado que quiero dejarles es la certeza que no hay un ser humano inferior a otro”. Esa referencia personal que hizo Lula es equivalente también a los pueblos, a su identidad y pertenencia. Ningún país es inferior a otro en referencia a las posibilidades de su realización como tal.
Ese mensaje de Lula puede servirnos como punto de partida para tirar el hilo del carretel de nuestra historia y saber cómo se fue construyendo la tendencia de muchos argentinos a degradar nuestra propia moneda y encandilarse por otra. La crisis económica permanente es la justificación de estos sectores medios para justificar esa conducta. Resulta ser de poca consistencia bajo una mirada más amplia.
El nacimiento del patrón dólar como moneda de intercambio internacional es un hecho político. Es una de las consecuencias de la Segunda Guerra Mundial. Hasta antes de ese momento bisagra de la historia mundial, las divisas globales estaban respaldadas por oro. Cada gobierno garantizaba que su dinero se correspondía con una cierta cantidad que poseía del preciado metal.
Al finalizar la segunda guerra los líderes de las tres potencias mundiales triunfantes, Rusia, Gran Bretaña y Estados Unidos firmaron un acuerdo en 1944, en la ciudad estadounidense Bretton Woods. Entre otros temas, acordaron la creación del Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional (FMI), y también se estableció el dólar estadounidense como el nuevo equivalente del oro.
En este acuerdo se establecieron las condiciones del uso del dólar a nivel global, siempre que su valor estuviese respaldado en oro. Esto último se modificó en 1971. Fue, durante la presidencia en Estados Unidos de Richard Nixon, cuando esa relación se rompe. Desde la Casa Blanca, en forma unilateral y sin más consenso que el interés propio, se estableció que el dólar ya no se respalda en el oro, sino exclusivamente en la confianza que le otorga la sociedad. A partir de ese momento adquiere su carácter pleno como moneda fiduciaria.
Argentina había iniciado a partir de 1945, bajo el primer gobierno de Perón, un acelerado proceso de industrialización que derivó en un significativo aumento de las exportaciones cuyo mayor destino eran los mercados de Gran Bretaña y Europa continental. De esas operaciones se obtenían divisas que permitían la compra bienes y equipos ofertados por Estados Unidos.
Cuando las exportaciones no crecieron a la par de las importaciones, en 1947 y 1948, la balanza comercial con Estados Unidos se tornó deficitaria y el drenaje de las reservas del Banco Central pasó de 1.686 millones de dólares en 1946 a 1.100 millones en 1947.
Atento a esta situación, en junio de 1947, y en el marco del cuidado de las reservas, Perón anunció la suspensión de permisos para importar automóviles, champagne, whisky e hilados de rayón, y estableció un nuevo tipo de cambio preferencial para la importación de vehículos de pasajeros que aún no se producían en el país.
Los diarios opositores tomaron esas determinaciones de Perón para proyectar intereses propios. Quejosos artículos hablaban de una devaluación, que no era tal, que afectaba a sectores sociales al no poder acceder a determinados productos. Aseguraban que por la “escasez de divisas” se perdían derechos individuales de quienes querían consumir productos importados y las restricciones impuestas se lo impedían. Fue el inicio de la construcción de un relato que, con algunos cambios en sus expresiones y modalidades, se mantiene hasta nuestros días.
Para contrarrestar aquel mensaje el Banco Central emitió un comunicado explicando que las medidas restrictivas de importación fueron adoptadas para productos que tenían asegurado el abastecimiento y las necesidades del país. En relación con otros productos el BCRA explicó que su carácter suntuario no hace imprescindible su importación. Lo importante era cuidar las reservas del país.
Las críticas opositoras y mediáticas por las restricciones en las importaciones lejos de aplacarse, atendiendo el comunicado del Banco Central, se agigantaron. Perón les respondió en un discurso que ofreció en la sede del Sindicato de Empleados de Comercio : “No haremos empréstitos para obtener divisas. Y es lógico que eso lo censuren quienes negocian con las divisas. Hoy hay un respaldo de la moneda, algo que carecíamos antes”
El diario la Prensa cuestionó ese planteo de Perón. En un editorial tituló “El dólar, moneda escasa”. En similares planteos se expresó el matutino La Nación resaltando que “Crece la circulación monetaria y se reduce el oro y las divisas que le sirven de respaldo”. Perón respondía a esas falsedades en cada acto público que se presentaba.
En uno de estos actos, el 21 agosto de 1947, frente a obreros ladrilleros, Perón le daría fuerza a una frase que con el tiempo se volvería célebre: “algunos traficantes que existen dentro del país dicen que no tenemos dólares. Yo les pregunto a ustedes, ¿han visto alguna vez un dólar? La historia de los dólares es, simplemente, la presión externa para que nosotros no aseguremos nuestra independencia económica”.
Tras el derrocamiento de Perón en 1955 los argentinos comenzamos a conocer un nuevo término para definir el condicionamiento a nuestra economía. La devaluación, la desaparición del valor nominal de nuestra moneda frente al dólar.
La hoja de ruta de las devaluaciones comenzó a aplicarse en forma mecánica desde octubre de 1958. Bajo el Gobierno de Arturo Frondizi se produjo ese año la primera depreciando en el valor de nuestra moneda respecto al dólar. Fue de un 68%, se la justificó asegurando que había un fuerte atraso cambiario acumulado entre 1954 y 1957, que generó en 1959 una inflación del 114% y una caída del PBI del 6,5%.
A aquella devaluación del 58 le siguieron otras con iguales resultados negativos. Ocurrieron en abril de 1962 (64,5%), marzo de 1967 (40%), junio de 1975 (99,3%), marzo de 1981 (226%), febrero de 1989 (61%), durante todo el 1989 fue de 2.038%; en febrero-marzo de 1991 (66%). De enero de 2001 a marzo de 2002 (200%), enero de 2014 (19%), en 2018 (100%) y la más reciente (22%) de semanas atrás.
Las devaluaciones siempre han generado efectos muy dañinos. Inflación, fuga de capitales, una baja en términos reales de la recaudación fiscal y en salarios y jubilaciones; licuación de ahorros en pesos en el sistema bancario, recesión y caída del PIB, cierre de pymes, aumento de la desocupación y la pobreza y la aparición de las más diversas bicicletas financieras desalentando la inversión productiva.
Cuando más comenzó a prevalecer el dólar paralelo, llamado amablemente blue en nuestros días, fue en la década de 1970. A partir del modelo económico liberal que implementó la dictadura cívico-militar se desregularon los mercados de cambio estimulando un dólar informal más fuerte. La permanente campaña de depresiación de nuestra moneda, sumado a los procesos de devaluación permanente limaron la confianza en las tasas generando un vuelco a la compra de divisas por parte del ahorrista medio.
La degradación del peso y la exaltación del dólar fue tan solo una arista del bastardeo a nuestra autoestima. El paroxismo llegó a límites culturales extremos. La dictadura exaltó hasta con avisos publicitarios las bondades de los productos importados colocando su calidad por encima de los que produce nuestra industria nacional.
En los inicios de la década de 1980 todo el centro porteño estaba cableado por las «cuevas financieras». Especialistas en pinchar teléfonos buscaban tener de primera mano datos claves sobre el pulso del mercado. Cada cueva marginal tenía su protección con pagos a las comisarías de la Policía Federal que regenteaban el microcentro.
Argentina tuvo cinco monedas en su historia. La primera fue decretada el 4 de noviembre de 1899. Fue el peso Moneda Nacional que se mantuvo vigente hasta 1969, aunque los billetes bajo esa denominación tuvieron circulación legal hasta 1978. En 1969 se aplicó la ley 18.188 que le quitó dos ceros a la denominación. En junio de 1983 se estableció el Peso Argentino y dos años más tarde se lo bautizó como el Austral. Finalmente, tras procesos hiperinflacionarios, el 1 de enero de 1992 entró en vigor nuevamente el Peso.
Bajo la Presidencia de Carlos Menem y con Domingo Cavallo al frente del Palacio de Economía, se decretó el 27 de marzo de 1991 la Ley de Convertibilidad. La misma establecía que 10.000 australes equivalían a 1 dólar, llevando al límite más extremo la degradación de nuestra moneda y la exaltación de un dominio extranjero sobre nuestra política monetaria.
La dolarización fue una dolorosa experiencia que terminó muy mal. El cierre de industrias, aumento del desempleo, polarización de los extremos sociales con ricos cada vez más ricos y pobres cada vez más pobres, concluyó con la peor crisis económica y social en la historia argentina. Los ahorros quedaron atrapados en un corralito bancario y 14 provincias comenzaron a emitir su propia moneda, entre ellas el Patacón bonaerense.
La convertibilidad duró 11 años. El 6 de enero de 2002, después de atravesar una violenta crisis económica que hundió en la pobreza a más de la mitad de los argentinos y una brutal represión que regó de muerte todo el país, la paridad quedó formalmente derogada por el presidente Eduardo Duhalde con una frase difícil de olvidar…el que depositó dólares recibirá dólares.
El ex presidente del Banco Central, Miguel Angel Pesce (2019-2023), hace dos años estimó que los ahorristas argentinos tienen unos 200.000 millones en dólares papel en su poder. Esto implica que poseen el 10 por ciento del valor de los billetes de la moneda norteamericana que circula en todo el mundo. El peso de la divisa en nuestra economía es tan significativo que en la Argentina hay más dólares per cápita que en el propio país emisor, Estados Unidos.
Son datos impactantes que surgen al considerar información de la balanza de pagos que publica, que cada tres meses resume el INDEC, y datos oficiales del gobierno de Estados Unidos. La información de estas dos fuentes oficiales concluye que, del total de dólares en circulación en el mundo, uno de cada diez está en manos de ahorristas de nuestro país. Una conducta que se sostiene, entre otras cosas, gracias al enorme daño cultural que soportamos durante décadas con fortísimas campañas degradando nuestra pertenencia a este rincón geográfico de América del Sur


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