El próximo 4 de enero la justicia británica deberá decidir si concede o no el traslado de Julian Assange a Estados Unidos para que sea juzgado allí. El creador de Wikileaks viene soportando una humillante degradación personal desde hace más de 10 años. Se trata también, sin temor a ser exagerado, de la más brutal persecución a la libertad de prensa que el mundo moderno haya sufrido. Los medios de comunicación de todo el planeta miran impávidos como el poder real puede masacrar cualquier intento de sacar a la luz sus más perversas maniobras. Acomodan sus intereses al de los mandantes que, en muchos casos, son sus propios dueños. Los periodistas tampoco han estado a la altura de las circunstancias en la defensa de sus derechos, más bien prefieren quedar estaqueados en sus puestos y ser parte de un esquema de poder que solo deja trascender lo que ya descarta como realmente importante. Claro que hay excepciones, pero son solo eso.
La defensa de Julian Assange debería ser asumida como su propia causa por el periodismo mundial. No lo es, lo han transformado en una noticia más. Estados Unidos persigue a Assange acusándolo de violar la Ley de espionaje de EEUU. Asegura que el periodista australiano reveló documentos de defensa nacional, después de obtener información de manera ilegal, en muchos casos actuando en connivencia con la exsoldado Chelsea Manning. Entre la información periodística dada a conocer por Assange a través de Wikileaks hay 700 mil documentos secretos sobre las guerras de Irak y Afganistán, cables del Departamento de Estado, e informes sobre sobre detenidos en la cárcel de Guantánamo.
Cuando la persecución de Estados Unidos se inició, tras la publicación de esa información, Assange debió buscar refugio en la embajada de Ecuador en Londres. Con pedido de captura internacional ahí vivió, sin poder salir, durante seis años. El fin del mandato del presidente Rafael Correa y la asunción de un nuevo mandatario ecuatoriano en línea con Estados Unidos, forzó su salida del único salvoconducto que tenía. Fue entregado a las autoridades inglesas y encerrado en la prisión de máxima seguridad de Belmarsh donde se encuentra en la actualidad.
Quienes lo visitan aseguran que se encuentra fuera de eje, la presión que soportó durante 10 años lo ha dejado maltrecho psíquica y físicamente. Si la extradición es aprobada, tal como afirma su abogado “será imposible que reciba un juicio justo” en Estados Unidos. Los 18 cargos en su contra dejarán una condena de 175 años de prisión. No hay antecedentes en este país de un castigo similar a periodista o editor. Ejercer el periodismo como debe ser tiene consecuencias.








